21 feb 2009

REFLEXION Evangelio Semanal


Levantaté y anda! 
Camino de reconciliación.  
(por P. Luis Tamayo) 

El domingo pasado quedamos en hablar del sacramento de la reconciliación, de forma más popular la confesión. Ya vimos como el momento del perdón era el encuentro entre dos deseos, el deseo del hombre a ser sanado y el deseo de Jesús de querer para nosotros un corazón restaurado y lleno de amor.

El evangelio de hoy (Marcos 2, 1-12) nos muestra el encuentro entre Jesús y un paralítico, y como su parálisis queda curada por Jesús tras perdonarle los pecados.

¿Quién es un paralítico? Aquel que esta impedido para moverse; sus músculos están paralizados. Nosotros, en cierta medida somos el paralítico del evangelio. Cuantas veces nuestro corazón está impedido para amar generosamente. Cuantas veces nuestros prejuicios hacia otras personas nos distancian de ellas, es decir, quedamos impedidos a verles con buenos ojos; o cuantas veces nuestro egoísmo nos impide compartir generosamente nuestro tiempo. 

Yo mismo experimento a veces el corazón paralizado por el egoísmo. Esta mañana al levantarme había hecho mis planes para estudiar todo el día, de repente descubro que un compañero del piso había tenido un cólico nefrítico, y aunque ya estaba todo bajo control, me pedían que estuviese pendiente por si había que llevarle al hospital pues el resto de compañeros del piso tenían que salir de casa. De repente noté como mi corazón se encogía… Pensé: "Y mis estudios? Con todo lo que tengo que hacer?" Sentí la rebeldía… mi corazón quedaba paralizado. Me noté poco disponible para las necesidades del otro. Esto es egoísmo. Al poco tiempo, al entrar en mi habitación entendí de parte del Señor: "Yo se que tienes que estudiar, y también se que quieres ayudar… ponlo todo en mis manos y confía". Sólo hizo falta abrirse al encuentro con Jesús para recobrar la confianza y recuperar la disponibilidad. Le dije a Jesús: "Bueno, tu sabes todo lo que tengo que estudiar, si he de llevarlo al hospital y pierdo todo el día allí, Tú ya lo arreglarás". Horas después mi compañero sacó la piedra en la orina… y ya quedó tranquilo.

Para devolverle la capacidad de andar fue necesario un encuentro y un diálogo: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. El evangelio no dice primero “levántate y anda”; esto va en segundo lugar. Jesús necesita primero aplicar el bálsamo de su perdón y misericordia sobre el corazón paralizado de cada uno de nosotros para luego devolverle la capacidad de amar. Sólo la experiencia del perdón, del amor y de la misericordia es lo que capacita a amar a otros. La Palabra lo dice: podemos amar porque Dios nos amó primero.

Es sólo después que Jesús le dice: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”. Estas últimas palabras de Jesús nos revela su interés tras la confesión:

- Lo primero que dice es: Levántate! Jesús sabe que muchas veces caemos en la autocompasión. Cuantas veces esta esa voz interior que nos dice: “otra vez lo mismo, es que no voy a cambiar” o “otra vez el mismo pecado y el mismo cura…”. Jesús dice, Levantaté!, venga sigue caminando, no te quedes estancado, no te quedes atrapado en el pesimismo. Ahora tienes que volver a intentarlo de nuevo. 

- Luego dice: Coge tu camilla! Jesús es consciente que hay muchas cosas que quizás dejan secuela, es decir, que cuando hay hábitos que estan muy marcados y no son ya fáciles de superar, uno tiene que cargar con ellos por mucho tiempo si no es de por vida. Toma tu camilla, puede ser esta situación que se hace difícil pero que no puede quitarse de encima. Situaciones que no se pueden dejar de lado y uno ha de cargar con ellas. El pecado muchas veces deja secuelas.

- Y finalmente dice: Echa a andar! Una vez que has recibido el perdón, a Jesús le interesa que uno restituya la situación; si uno estaba paralizado que se eche a andar, si uno hizo daño a alguien que pida perdón; si uno dijo una mentira que rectifique; si uno faltó al respeto que pida disculpas; si uno robó que devuelva lo que se llevó. La penitencia no puede ser sólo el rezar un padre nuestro, como si no hubiera pasado nada, sino que debe llevar consigo una restitución del daño hecho para que haya un plena reconciliación, con uno mismo y con el hermano perjudicado. Aquí es de donde viene el verdadera reconciliación y una inmensa paz interior.

Hace un tiempo vino una chica que se confesó de abortar, estaba rota y al preguntarle cual creía que pudiera ser su restitución, ella respondió que dedicaría una tarde a la semana a asistir como voluntaria a un orfanato de niños abandonados; me pareció muy bueno, a demás le dije que pensara que tiene un angelito en cielo que intercedería por ella. A veces no queda más que rezar, pero muchas otras veces si que se puede restituir el daño causado. 

Como otra persona que conozco que me contó que en su adolescencia le daba por coger cosas de un Centro Comercial, y que años después al darse cuenta que eso no era un juego sino que había sido robar, regresó un día con 100 euros y pidió hablar con un encargado. Le dijo quiero devolver este dinero que estimo que ha sido lo que me he llevado de sus tiendas. El hombre quedó alucinado.

La verdadera reconciliación culmina con la restitución del mal causado y la paz y serenidad interior que queda en el corazón.

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