17 sept 2009

Homilia del Cardenal Rouco en el comienzo de la peregrinación de la Cruz de la JMJ


Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor;

Queridos jóvenes:

1. Comenzamos hoy el itinerario de la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud del 2011 que por benévola y paternal decisión del Santo Padre se celebrará, Dios mediante, en Madrid en la tercera semana de agosto del 2011. Lo viviremos como una peregrinación presidida por la Cruz Gloriosa de Jesucristo, acompañada por el Icono de su bendita Madre, la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, a lo largo y a lo ancho de nuestra Archidiócesis de Madrid, de las Diócesis hermanas de Alcalá y de Getafe y, luego, de todas las Diócesis de España. Nuestro propósito es muy claro, sencillo y audaz a la vez: queremos llegar al final de nuestro camino como peregrinos que han buscado y encontrado a Cristo Crucificado: “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero, para los llamados… un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios”. 

2. Sí, nosotros queremos ser llamados para el conocimiento de ese Misterio inefable de sublime e infinito amor que se encierra en la Cruz de Cristo. Más aún, nos sentimos como interiormente impulsados a descubrirlo con una fe purificada y renovada y a experimentarlo como la fuente del perdón misericordioso que nos salva y nos da la vida que no perece. Sí, queremos llegar a la meta de nuestro caminar espiritual, la JMJ 2011, “arraigados y edificados” en Él ¡firmes en la fe! para celebrar con todos los jóvenes del mundo en torno al Santo Padre y a los Pastores de la Iglesia, extendida por toda la tierra, el triunfo del Amor de Dios, manifestado y derramado sobre el hombre y sobre el mundo en la Cruz Gloriosa del Hijo, de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador: ¡su triunfo en nuestras vidas! ¡su triunfo en la vida y en la historia de los jóvenes de nuestro tiempo! ¡su triunfo, queridos jóvenes de Madrid y de España, aquí, entre nuestros compañeros y amigos y entre todos los jóvenes del mundo que conscientemente, o atisbándolo solamente, buscan el rostro de Jesucristo para que ilumine y transforme sus vidas! No será fácil conseguirlo; pero sí inmensamente gratificador y gozoso. 

3. El escándalo de muchos de los hijos de su pueblo, que oían a San Pablo en Corinto y en otros lugares de sus viajes apostólicos, por su predicación de Jesucristo y, Éste Crucificado, como el verdadero y único Salvador del hombre, sigue produciéndose, incluso más clamorosamente ahora, en nuestro tiempo, dentro y fuera de los ambientes sociales y culturales más o menos influidos o tocados por la herencia de la fe cristiana. Es un escándalo que se presenta de modo distinto que el de los judíos contemporáneos de Jesús, pero que desemboca en el mismo resultado práctico. ¿Pero cómo es posible pensar en serio –dicen– que la solución de los grandes y gravísimos problemas de las injusticias del mundo, del dolor y los sufrimientos de los más débiles, de la enfermedad y de la muerte, que acecha a todo hombre nacido de mujer, pueda venir de un judío, de origen galileo por más señas, con pretensiones de profeta, crucificado hace casi dos mil años por los dominadores romanos de Jerusalén, instigados por los dirigentes religiosos y políticos de su pueblo, apoyados a su vez por no pocos de sus conciudadanos? Los problemas del hombre necesitan respuestas realistas y eficaces para su solución en este mundo. Lo que se impone y hay que hacer es un uso constante, diligente y esforzado del “poder” que el hombre tiene. Hay que dejarse de ensoñaciones ilusas y poner manos a la obra –afirman–. 

4. No son menos los que consideran hoy el anuncio de Jesucristo Crucificado, Salvador del hombre, una necedad. Su razonamiento coincide en su punto de partida intelectual, pero sobre todo en la perspectiva última, vital y existencial, con el de los anteriores, es decir, con la autovaloración del ser humano, como “super-hombre”, que ni necesita ni depende de Dios. El hombre se explica y se basta a sí mismo frente al mundo y a su historia. Los que se escandalizan de Cristo Crucificado y los que lo declaran una necedad, lo hacen hoy, además, muy frecuentemente de forma militante. Les cuesta soportar el hecho de que para otros ¡para nosotros! sea la fuerza y la sabiduría de Dios que salva al mundo y que guía irreversible y gloriosamente la historia. Pero ha sido la misma historia la que nos enseña a qué abismos de destrucción de lo humano conducen esos proyectos de autodivinización personal y colectiva del hombre. Las tragedias del siglo XX –las dos guerras mundiales, los terribles totalitarismos que lo dominaron en amplias zonas de mundo…–, frescas en nuestra memoria, nos lo recuerdan inequívocamente. El contraste, también real, actual e inequívoco, al rechazo de Cristo Crucificado lo representan esos jóvenes, que con sus vidas, vacías tantas veces y rotas no pocas, esperan a Cristo en lo más íntimo de su corazón. Más aún, los que se escandalizan y burlan de la Cruz de Cristo, esconden muchas veces detrás de la fachada de su incredulidad un interior inquieto y perturbado: ¡un alma desasosegada y herida que ansía secretamente la presencia y la cercanía de Dios!

5. Nuestro caminar con la Cruz Gloriosa del Salvador y con el Icono de su Madre Santísima por las calles, plazas y caminos de Madrid y de España ha de estar pues iluminado y transido por la luz y la vida de Cristo: ¡por el amor misericordioso que brota, desbordante, de su Sagrado Corazón! Sólo con Jesucristo, abrazados a su Cruz Gloriosa, abiertos al don de su Espíritu ¡del Espíritu Santo! ese ser nuestro de creaturas e hijos de Dios, herido por la rebelión del pecado contra Él y su amorosa Voluntad, sanará, se reconstruirá y se capacitará para vivir de ese Amor ¡del Amor de verdad! Sólo en Él encontrará la sabiduría y la fuerza de la Verdadera Vida.

6. Entender la sabiduría divina de la Cruz de Cristo, vivirla con fidelidad creciente y generosa, es sólo cosa de los sencillos de corazón. Es a “los pequeños”, a quienes se les revela (cfr. Lc 10,21). La Madre del Señor, la Virgen María, la Doncella de Nazareth elegida por Dios para que concibiese a su Hijo Unigénito en su seno purísimo, dándole nuestra carne de hombre ¡nuestra humanidad!, fue, es y será siempre la primera de entre los sencillos y humildes de corazón a quien se le ha revelado el Misterio de su Hijo Crucificado y Resucitado. Más aún, Ella es la Madre imprescindible para aprender la lección de la humildad y de la sencillez que se necesita para que se nos revele el Misterio del Amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, manifestado en Jesucristo para nuestra salvación: para poder adentrarnos con todo nuestro ser –alma, vida y corazón– en el Misterio de la Cruz gloriosa de Cristo.

7. A Ella queremos pedirle en esta Vigilia de Oración: ¡que nos enseñe cómo hacer este Camino de peregrinos de la Cruz Gloriosa de su Hijo Jesucristo en Madrid humilde, sencilla y valientemente, mostrándola en toda su verdad a los jóvenes madrileños, a sus familias, a toda la sociedad! No va a ser camino fácil. Necesitamos su cercanía de Madre paciente con nuestras debilidades y flaquezas y animosa para ayudarnos a no desfallecer: ¡a superarlas con valiente y esperanzada decisión!; sin descanso, una y otra vez. ¿Por qué no hacer, guiados por Ella, en este momento de nuestra Vigilia de oración, con la que iniciamos la peregrinación hacia la JMJ 2011, “el coloquio” al que invita San Ignacio de Loyola a los ejercitantes ya en la primera semana de “los Ejercicios Espirituales”?: “Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz [contemplemos]: “cómo de Criador es venido a hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así, viéndole tal, y así colgado en la Cruz, discurrir por lo que se ofreciese”. ¿Y qué se nos ofrece?: la posibilidad nueva de ser testigos humildes y valientes de su Amor entre los jóvenes de Madrid, ¡Testigos de su Cruz!; y así el poder decirles con Santa Teresa de Jesús: 

“Cruz, descanso de mi vida:

vos seáis la bienvenida.

Quien no os ama, está cautivo

y ajeno de libertad;

quien a vos quiere allegar

no tendrá en nada desvío.

¡Oh dichoso poderío,

donde el mal no halla cabida!

vos seáis la bien venida”

Que todos puedan decir a nuestro paso: ¡Bienvenida sea la Cruz de Cristo!

Amén.

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