3 feb 2013

IV T.O. - REFLEXION Evangelio Semanal


¿Quien soy yo para juzgar a los demás?
P. Luis Jose Tamayo

Es impresionante ver como Jesús se mete en líos. Realmente Jesús debió de ser de una personalidad fascinante. Qué pasaría en esa mañana en la sinagoga? mira como acaba el relato de este Evangelio: “Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, empujaron a Jesús fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.” Lo querían despeñar… debió de despertar en ellos una rabia tremenda. Se puso a toda la asamblea de la sinagoga en contra. (Me sale decirle a Jesús: que ganas de meterte en líos!!)
Pero es que Jesús en ese momento les habló clarito... y cuando se dice la verdad… esta duele… o como dirían otros: la verdad escuece!
Este Evangelio es continuación de la lectura del domingo pasado. Al principio dice la Escritura: todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”. Sin embargo al final dice: “Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, empujaron a Jesús fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.” La pregunta es: ¿qué pasó? ¿qué dijo? ¿qué les ofendió tanto para cambiar de una opinión a otra? La actitud de la asamblea cambia como de la noche a la mañana, de un polo a otro. No se… pero una reacción muy equilibrada no parece. Jesús les recriminó su orgullo por creerse merecedores de Dios sólo por el hecho de ser israelitas y no recibir a Dios desde un corazón necesitado.
Es muy fácil de entender. ¿Cuantas veces me siento con el derecho de juzgar al otro por que no es de mi condición? Hace unas semanas un católico me hablaba de un homosexual y de forma despectiva me decía que estaría en el infierno; ¿quién soy yo para juzgar a nadie?
En este relato Jesús está en la sinagoga, entre israelitas, entre aquellos que se sentían el “pueblo elegido” y por lo tanto se creían con el derecho exclusivo de Dios y de su salvación. Su arrogancia les hacía juzgar a que aquellos no israelitas no merecían la gracia de Dios. Entonces, estos mismos israelitas, le reclaman a Jesús los milagros de sanación y curación como hizo en otras tierras paganas. Jesús mismo les lee el pensamiento y les recrimina: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.”  Es decir, ellos lo que le dicen es: “a ver, si has hecho esas curaciones por allí, entre tierras paganas, pues hazlo aquí también, entre nosotros, nosotros si que lo merecemos, puesto que nosotros somos el pueblo elegido. En el fondo ellos piden desde la arrogancia y la exigencia, juzgando a los que no son de su condición.
Jesús les echa en cara su arrogancia para creerse merecedores de Dios. La salvación es un don de Dios, no es algo que tu puedes apropiarte, es un regalo que se recibe desde la humildad, no es un derecho adquirido. Jesús les habla de las viudas y leprosos de Israel, que aún siendo gente en necesidad, por el hecho de pertenecer al pueblo judío no recibieron la curación, por que se creían ya con el derecho de salvación. Sin embargo, la salvación llegó a aquellos que no pertenecían al pueblo judío, al pueblo elegido, pero les llegó por la humildad y su necesidad de Dios: una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón (norte de Galilea) y Naamán, el sirio. Ellos eran paganos, ellos estaban fuera del pueblo elegido, y ellos son los que fueron curados.
Los israelitas de la sinagoga montaron en cólera, puesto que Jesús solapadamente les estaba llamando engreídos y arrogantes, más aún, no merecedores de Dios por su actitud de juzgarse mejores que los otros, y por ello con más derecho.
Esto nos ayuda a entender como es nuestra actitud frente a los demás. Cuantas veces e pongo por encima de los otros por que no viven lo que yo vivo, por que no están dentro de mis esquemas. Me creo yo más merecedor de Dios, de su gracia, más merecedor de un honor… por que no soy como los demás. Cuantas veces nos sale el juicio frente a los adultos: “es que ese va a misa y mira como vive…”; a los niños: “Como te portes así de mal no haces la Primera comunión”; o alguna le he oído a decir a su marido: “No se por que comulgas, acabas de comulgar y mira lo que haces”. Como si nosotros fuéramos superiores, con capacidad de decidir quien merece o no a Dios. Es que eso no lo puedo juzgar yo.
La gracia de Dios, la experiencia de Dios, la vivencia de Dios se recibe desde la pura gratuidad. Yo no me gano a Dios por mis meritos. Como yo soy mejor que los otros… O por que los otros son peores… Mirad, eso es lo que les echa en cara Jesús a los israelitas: la viuda de Sarepta y Naamán, el sirio fueron salvados por su humildad, por su necesidad de Dios, no por ningún mérito. La pregunta clave está en el corazón: ¿quién soy yo para juzgar el corazón del otro? Aunque vea sus actos, muchas veces nunca sabré que hay en el corazón de la gente.
Y yo que me siento tan cristiano me pregunto: ¿Cómo está mi corazón? ¿Es el mío un corazón necesitado de Dios? ¿de verdad necesito de Dios? ¿Lo busco con agradecimiento? ¿Lo recibo como un gran regalo? La viuda de Sarepta y Naamán el sirio no esperaban la salvación de Dios, y sin embargo por su humildad la recibieron. Las viudas y leprosos de Israel eran necesitados y del pueblo de Israel, pero sin embargo creyendo que tenían derecho, no la recibieron. La vivencia de Dios se juega dentro del corazón.

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