21/4/2012

III Domingo de Pascua


Conocer las Escrituras es conocer a Cristo (P. Luis J. Tamayo)

El domingo pasado decíamos que el tiempo de Pascua son esos 50 días en los que Jesús no sólo se aparece a los Discípulos, sino que descubrimos en Jesús una doble intención con ellos:  La de confirmarles: No tengáis miedo, la cruz no fue una derrota, seguid creyendo en mi, estoy vivo; y la de acostumbrarles a reconocerle de una forma nueva, desde la fe.  Lo vemos de nuevo en el evangelio de hoy (Lc 24, 35-48):  Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: - «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: - «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Pero, ¿qué pasaría después de los 50 días, cuando ascendiera al cielo para estar junto al Padre? ¿cómo crees que le reconocerían? La Pascua fueron 50 días para confirmar que Dios había cumplido su promesa: la muerte no tiene la última palabra; pero Jesús no se contentaba con eso, quiso acostumbrarles a reconocerle desde la fe porque ya entonces estaba pensando en nosotros. El interés de Jesús fue el de enseñarles a reconocerle por la fe para así transmitirlo a lo largo de toda la historia y a través de todas las generaciones.

La pregunta que nos surge es: ¿Cómo podemos reconocerle hoy?  Si el domingo pasado hablamos de que podemos reconocer su presencia trayendo a Jesús a la memoria; hablábamos de la palabra “recordar”, como ese volver a pasar por el corazón la experiencia de Jesús. Hoy hablamos de la Escritura o la Palabra de Dios como ese lugar privilegiado para encontrarnos desde la fe con el Jesús resucitado. Cuantas veces me acuerdo de las cartas que me escribía mi madre cuando he vivido en el extranjero! Pero si esas palabras servían de encuentro, la Sagrada Escritura tiene algo más.

Jesús les dijo: - «Todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

La Escritura, la Palabra de Dios, la Biblia, es el lugar privilegiado de encuentro con la promesa de Dios. Todo lo escrito en ella es cumplimiento del amor de Dios. El catecismo de la Iglesia dice: si quieres profundizar en el conocimiento de Jesús ha de pasar necesariamente por la lectura atenta y cuidadosa de la EscrituraSan Jerónimo dijo que: “que ignorar las Sagradas Escrituras es ignorar a Cristo”, si le damos la vuelta a la tortilla: Conocer las Escrituras nos lleva a conocer a Cristo.

Un día fui a visitar a una persona a su casa y me fijé que en la mesa del salón tenía la Biblia a mano, y varios libros.  Me llevé la sorpresa de ver un diccionario, un manual de ayuda y un cuaderno donde tomaba sus notas y reflexiones.  Aquí a veces entre vosotros he visto personas que se leen las lecturas antes de venir a misa, para saborearlo más y mejor.

Un documento de la Iglesia (Dei Verbum) que habla de cómo leer hoy día la Sagrada Escritura dice: En los libros sagrados, Dios que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Es Dios que sale al encuentro nuestro para conversar.  San Jerónimo también decía: quien lee la Escritura ya escucha a Dios en su Palabra.

También es verdad que uno puede decir: yo, por más que leo, me cuesta entender lo que dice.  Es verdad, pero yo añadiría, no es sólo entender lo que dice, sino es entender lo que a mi me dice.  Dios me quiere hablar a mí personalmente, y por eso dice el evngelio de hoy: Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Comprender internamente la vida de Jesús, su pensar, su sentir, sus palabras, sus gestos… eso es conocer con profundidad a la persona de Jesús a través de la Palabra; para ello uno necesita la humildad de reconocer que cuando me acerco a la Sagrada Escritura es a Dios a quien he de pedir que me abra el entendimiento. Pero la oración pretende  un paso más, es un don que en última instancia nos lleva a transformar nuestra vida cada vez más en Cristo, buscamos conocerle para parecernos cada vez más a Él en la caridad perfecta. La vida cristiana debe ser un camino de identificación con Cristo.