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26 ene 2013

III T. O. REFLEXION Evangelio Semanal,


Fe en la Palabra de Dios (P. Luis José Tamayo)

Lucas 4, 14-21
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Estamos metidos en un mundo bombardeado por mensajes, medios de comunicación, redes sociales, discursos, artículos, canales de TV, emisoras de radio, etc. Por todos los lados nos llegan voces e ideas. El otro día leía que es tan grande el bombardeo que las palabras casi ni tienen efecto en nosotros. Oímos pero no escuchamos. Nos entran mensajes por las orejas pero no atendemos. El otro día se confesaba alguien y al final le decía unas palabras de ánimo y la penitencia… al darle la absolución, el hombre se levanta y antes de salir del confesionario me dice: padre, ¿cuál era la penitencia?...
El evangelio de hoy nos ayuda a descubrir la importancia de una escucha atenta a la Palabra de Dios. Ponernos delante de la Palabra nos implica un paso más a una escucha normal, nos pide una escucha con fe, con la confianza de que aquello que se está leyendo es la palabra de Dios dirigida a mi de forma  personal y dirigida a mi en el hoy de mis circunstancias.
El evangelio de Lucas nos cuenta como era costumbre en la vida de Jesús ir a la sinagoga los sábados. Pero en ese sábado descubrimos algo maravilloso. Seguro que habría sábados que Jesús no leería la Palabra, pero en ese sábado, nos cuenta el texto, que Jesús leyó: “Se puso en pie para hacer la lectura y le entregaron el libro del profeta Isaías”. Jesús leyó… pero en el momento de la lectura, Jesús hizo un acto de consciencia e hizo un lectura desde la fe. Lo que pasó es que hubo una conexión entre el corazón de Jesús y la Palabra que estaba leyendo. Jesús se creyó que ese texto era la misma Palabra de Dios dirigido a El. Esto es lo que llamamos una lectura creyente de la Palabra, o lo que la tradición de la Iglesia desde los primeros siglos ha llamado Lectio Divina.
Por eso al final del Evangelio dice: “Enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”
Jesús dice: Hoy se cumple esta Escritura en mi vida. ¿por qué? por la fe. ¿Quién no ha tenido esa experiencia de estar leyendo un evangelio y parece que está escrito para mi? ¿quién no ha tenido la experiencia de escuchar una homilía y pensar que me están hablando a mi directamente?
La fe en la escucha es como esa chispa que pone en marcha el mecanismo para captar en la Palabra de Dios el camino a seguir para mi día a día; la fe es lo que despierta la vida escondida en la Palabra. La fe es lo que despierta en nosotros la fuerza para que se cumpla esa palabra sobre mi vida.

24 ene 2013

Sobre la Oración


ORAR ES HABLAR CON DIOS DE TÚ A TÚ  (Mc 3,7-12)
Por: Nubia Celis

Cuando escuché por primera vez la predicación de una misionera Verbum Dei, no imaginé lo que vendría después; sus palabras fueron como un puente que me llevó al mismísimo corazón de Dios. La oración me abría las puertas a una vida nueva ¡una aventura que continúa, un amor que en vez de apagarse, se enciende cada día más! Estar con Jesús y escuchar su voz es mi vida (Fil 1,21).

A Jesús le encanta tu compañía, cada mañana anhela verte y escuchar tu voz (Ct 2,3). Como un Esposo enamorado te conduce al desierto de todo, de todos y de ti mismo/a para que estés a solas con él (Os 2,22), pues su mayor deseo es que le conozcas con el corazón. Su amor es como una hoguera que no se consume (Ex 3,11) y que va prendiendo en ti hasta transformarte en su misma pasión.

¡No dejes la oración! Busca esos momentos a solas con Dios, deja que el silencio sea como el pincel de un artista que va trazando en tu alma el perfil de la esperanza, la fe y el amor. Jesús te espera, él quiere afirmar tus estacas (Is 54,1), ensanchar tu horizonte y sobre todo, contagiarte su manera de amar hasta hacerte su testigo, su discípulo fiel.

Utiliza tu imaginación para traer a tu mente y revivir las escenas del evangelio; sé protagonista y vive la experiencia de estar “allí” cerca de Jesús. Déjate mirar por él, deja que la fuerza de su Palabra renueve tu mente y tu corazón, de modo que puedas discernir su voluntad (Rom 12,1).

No permitas que los afanes y compromisos del mundo te distraigan de lo esencial; no te desesperes si te aburres o ves que en tu oración no “ocurre nada”. Sencillamente, déjate llevar y enseñar por el Espíritu: “El Espíritu Santo nos ayuda en nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Rom 8,26-27).

Si oras bien, verás que poco a poco, cada gesto y cada palabra de Jesús cobran para ti un significado único. Sentirás deseos de transmitir a otros lo que has visto y oído, querrás que también ellos disfruten de su amor. Orar y predicar despiertan y fortalecen tu fe.



Nubia Celis
http://www.nubiacelisverbumdei.com/

12 ago 2012

REFLEXION Evangelio Semanal


Verano: tiempo de descanso y de reponer fuerzas
(P. Luis J. Tamayo)

Juan 6,41-51 “En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo»…Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo,
para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”
Jesús dice en el Evangelio de hoy: “Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron” (Jn 6,41-51). Jesús hablaba a los judíos diciendo que sus antepasados en ese tiempo que caminaron por el desierto, donde habían dejado sus quehaceres y su vida normal, para adentrarse en la tierra prometida, pasaron hambre, y Dios les dio el maná del cielo, pero solo les sirvió como alimento temporal, pues aún así murieron, es decir sintieron el peso del cansancio y la muerte.
Sin embargo, Jesús lo que les está proponiendo es otra clase de alimento que destruye la muerte, el cansancio y la derrota; Jesús se propone como el alimento que restaura, revitaliza y fortalece la vida para la carrera del día a día y abre la puerta a la vida eterna. Jesús dice: “Yo soy el pan de la vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.” Jesús nos plantea en la eucaristía el verdadero alimento que nos fortalece para la vida presente y futura. Es el alimento que ha bajado del cielo, que fortalece el alma, el espíritu.
En estos días de verano, y en España donde muchos toman las vacaciones, he reflexionado bastante sobre la necesidad del descanso en el cristiano. Para nosotros no debiera ser un descanso de “punto muerto” o vacío, sino un descanso donde uno restaura las fuerzas, recarga las pilas para continuar el camino de la vida el curso próximo que se nos avecina. La pregunta que surge es: ¿Cómo restaurar bien las fuerzas? Jesús, de nuevo, nos responde: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”
Es importante aprender bien como reponer fuerzas en tiempos de descanso, como lo es el verano, o el mismo domingo como día de descanso.  Jesús dice: “Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron” (Jn 6,41-51), es decir, hay un descanso que nos lleva a desconectar la mente; también hay descansos que son simplemente no hacer nada, es decir descanso físico, pero en el fondo no imprimen fortaleza en el espíritu interior del hombre, sólo queda en lo externo. Pero el descanso que hoy nos propone el Señor es aquel que debe considerar el alimento por dentro, un descanso que a su vez es restaurador del espíritu humano, el espíritu interior que nos da la fortaleza para la perseverancia. Es importante entender que la antropología cristiana de San Agustín considera la composición bipartita del hombre en cuerpo y alma; por eso es importante pensar EN QUE CONSISTE EL VERDADERO descanso del hombre.
Hace poco hablaba con unos padres justamente de la diferencia que hay entre el cansancio físico o mental y el cansancio espiritual, emocional, o interior. Durante el curso uno tiene que estar levantándose temprano para llevar a los niños al cole, tiene que estar de aquí para allá de chofer llevando a los niños de un lado a otro, tiene que correr para atender las necesidades de la casa, del trabajo, etc. Pero esta es una dimensión, y no la más importante. Hay otro tipo de consumo de energía que supone ser reparada. Cuando uno tiene que poner paciencia en la educación de los niños, cuando te has de morder la lengua con tu jefe, o no entrar en la espiral de la crítica cuando las cosas no van bien. Cuando las cosas no salen como uno desea y no piden perdón… este es otro tipo de cansancio; para el cristiano es el desgaste espiritual.
Pregúntate si durante el año: ¿estás sólo gastando fuerzas físicas? o ¿estás dando mucho más de dentro? La realidad es que estamos dando mucho más, estamos dando misma vida física, pero también interior. Por eso es importante entender que el espíritu humano necesita de reponerse, de fortalecerse y de restaurarse… ¿el descanso físico?, si, pero nunca olvidar el alimento del espíritu en la eucaristía, en la oración, en el silencio, en la meditación, en la reflexión, en una buena lectura que reconforte y fortalezca al espíritu.
Recuerda las palabras de Jesús: “Yo soy el pan de la vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.” “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6:41-51), pues Jesús no da vacaciones ni vitaminas, sino que se da a si mismo, el amor que verdaderamente nos llena por dentro. 

21 abr 2012

III Domingo de Pascua


Conocer las Escrituras es conocer a Cristo (P. Luis J. Tamayo)

El domingo pasado decíamos que el tiempo de Pascua son esos 50 días en los que Jesús no sólo se aparece a los Discípulos, sino que descubrimos en Jesús una doble intención con ellos:  La de confirmarles: No tengáis miedo, la cruz no fue una derrota, seguid creyendo en mi, estoy vivo; y la de acostumbrarles a reconocerle de una forma nueva, desde la fe.  Lo vemos de nuevo en el evangelio de hoy (Lc 24, 35-48):  Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: - «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: - «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Pero, ¿qué pasaría después de los 50 días, cuando ascendiera al cielo para estar junto al Padre? ¿cómo crees que le reconocerían? La Pascua fueron 50 días para confirmar que Dios había cumplido su promesa: la muerte no tiene la última palabra; pero Jesús no se contentaba con eso, quiso acostumbrarles a reconocerle desde la fe porque ya entonces estaba pensando en nosotros. El interés de Jesús fue el de enseñarles a reconocerle por la fe para así transmitirlo a lo largo de toda la historia y a través de todas las generaciones.

La pregunta que nos surge es: ¿Cómo podemos reconocerle hoy?  Si el domingo pasado hablamos de que podemos reconocer su presencia trayendo a Jesús a la memoria; hablábamos de la palabra “recordar”, como ese volver a pasar por el corazón la experiencia de Jesús. Hoy hablamos de la Escritura o la Palabra de Dios como ese lugar privilegiado para encontrarnos desde la fe con el Jesús resucitado. Cuantas veces me acuerdo de las cartas que me escribía mi madre cuando he vivido en el extranjero! Pero si esas palabras servían de encuentro, la Sagrada Escritura tiene algo más.

Jesús les dijo: - «Todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

La Escritura, la Palabra de Dios, la Biblia, es el lugar privilegiado de encuentro con la promesa de Dios. Todo lo escrito en ella es cumplimiento del amor de Dios. El catecismo de la Iglesia dice: si quieres profundizar en el conocimiento de Jesús ha de pasar necesariamente por la lectura atenta y cuidadosa de la Escritura.  San Jerónimo dijo que: “que ignorar las Sagradas Escrituras es ignorar a Cristo”, si le damos la vuelta a la tortilla: Conocer las Escrituras nos lleva a conocer a Cristo.

Un día fui a visitar a una persona a su casa y me fijé que en la mesa del salón tenía la Biblia a mano, y varios libros.  Me llevé la sorpresa de ver un diccionario, un manual de ayuda y un cuaderno donde tomaba sus notas y reflexiones.  Aquí a veces entre vosotros he visto personas que se leen las lecturas antes de venir a misa, para saborearlo más y mejor.

Un documento de la Iglesia (Dei Verbum) que habla de cómo leer hoy día la Sagrada Escritura dice: En los libros sagrados, Dios que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Es Dios que sale al encuentro nuestro para conversar.  San Jerónimo también decía: quien lee la Escritura ya escucha a Dios en su Palabra.

También es verdad que uno puede decir: yo, por más que leo, me cuesta entender lo que dice.  Es verdad, pero yo añadiría, no es sólo entender lo que dice, sino es entender lo que a mi me dice.  Dios me quiere hablar a mí personalmente, y por eso dice el evngelio de hoy: Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.

Comprender internamente la vida de Jesús, su pensar, su sentir, sus palabras, sus gestos… eso es conocer con profundidad a la persona de Jesús a través de la Palabra; para ello uno necesita la humildad de reconocer que cuando me acerco a la Sagrada Escritura es a Dios a quien he de pedir que me abra el entendimiento. Pero la oración pretende  un paso más, es un don que en última instancia nos lleva a transformar nuestra vida cada vez más en Cristo, buscamos conocerle para parecernos cada vez más a Él en la caridad perfecta. La vida cristiana debe ser un camino de identificación con Cristo.

3 sept 2011

REFLEXION Evangelio Semanal


Reunidos en mi nombre, allí estoy Yo
P. Luis J. Tamayo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos (…) Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mateo 18, 15-20)
El tema clásico que evoca este evangelio es el de la corrección fraterna, un tema muy trabajado a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana. Pero al final de este evangelio encontramos un párrafo de tres líneas que son un pequeño tesoro que no se puede desperdiciar y que es fuente de alimento para nuestra fe:“Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”
Nuestro punto de partida en esta reflexión es que la Palabra de Jesús son promesas de fe que se basan en la esperanza. Son promesas cargadas de verdad. Si Jesús dice: donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos… No es sólo un tópico, no es sólo algo que dijo hace 2,000 años, no es algo que veamos a ver si realmente se cumple… Lo que Jesús dice en su Palabra es verdad, es un hecho fehaciente.
Para el creyente, las verdades de fe implican un acto de fe personal: “yo me creo que esto que dices en tu Palabra es verdad”. Es un acto muy sencillo pero consciente que debe hacer cada persona: “Señor, si tu dices esto, yo creo que tú estas presente en nuestra comunidad, en medio de nuestra asamblea”. Al acto de fe le debe acompañar un gesto de vida como la veneración o el recogimiento para buscar a Cristo en mi corazón. Por ejemplo, en el momento de la consagración de la Misa no me pongo de rodillas por que “toca”, por que otros lo hacen, sino por que creo que es un momento de adoración delante de la presencia real de mi Señor.
¿Cuál es el problema? El problema está en que nuestro concepto de la palabra “VERDAD” ha cambiado influido por un ambiente en el que nos falta la confianza: “Lo que para ti es verdad, puede que para mi no lo sea…” Hoy no se cree en una verdad absoluta y válida para todos, y menos que esta vedad sea la del Evangelio… eso suena a impositivo, más que a libertad. Hoy se aboga por verdades relativas… “Si eso lo crees tu… a mi no me lo impongas”. Pero, antiguamente habían verdades que lo eran para todos… por ejemplo, los contratos se firmaban con lo que se llamaba “palabra de honor” y un dar de manos; esto era suficiente. En el ambiente eso era lo común, uno se fiaba de que esa palabra dada se cumpliría.
La pregunta que surge ya no es para uno que es creyente, sino para todo este mundo que no cree que Dios está presente, o si cree en la existencia de Dios, no cree que la Iglesia lo haga presente. ¿Cómo puede ser creíble la verdad que hoy proclama el Evangelio en medio de un mundo tan escéptico? ¿Cómo pueden ser creíbles las palabras de Cristo cuando dice: donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Esto sólo se hace creíble mediante el testimonio de una Iglesia que lo hace así visible.A esto quería yo llegar.
El testimonio, no sólo de la presencia del Papa, sino de una Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en el que la Iglesia universal estaba presente en sus casi dos millones de jóvenes, sacerdotes, religiosos y religiosas, matrimonios jóvenes, adolescentes… Ahí estábamos todos reunidos en nombre de Jesús… y los múltiples gestos lo hacían presente. Para nuestro mundo escéptico no ha hecho falta muchos argumentos, sino que los hechos, los gestos, las actitudes que veías por la calle eran el argumento evidente e indiscutible. Incluso aquellos periódicos distantes de la Iglesia cambiaron de un tono más agresivo antes de la JMJ a un tono más amigable y evidente de que algo estaba pasando en Madrid… Cristo estaba presente, pues dos o más estábamos reunidos en su nombre.Acabo con algunos gestos muy sencillos de que hablaban de la presencia de Cristo: El primer día vamos a la oración de Taize en la Iglesia de la Basílica 2,500 jóvenes en silencio… Una tarde en el metro, lleno de jóvenes italianos cantando alegremente, entra una señora con su bebe, el niño se asusta y se pone a llorar, todos los jóvenes se callan y en el silencio brota unos jóvenes cantando una nana (canción de cuna) para bebes… Viernes, fiesta del perdón en el Retiro. 200 confesionarios no eran suficientes para confesar las largas colas de jóvenes que buscaban reconciliarse… Me giro y veo multitud de curas confesando debajo de un árbol, en un banco, sentado en el césped… Vigilia, momento de la adoración eucarística: más de 1,5 millones de jóvenes en silencio delante de Cristo en su cuerpo eucarístico… y tantos otros testimonios de fe que se han visto y que vosotros habéis vivido.
Muy duro de corazón (Salmo 94) uno ha de ser para no creer en que cuando "dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

2 ene 2011

La Palabra es la promesa que nunca falla

La Palabra es la promesa que nunca falla (Juan 1, 1-18)

(P. Luis J. Tamayo)

“La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. (…) Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.” (Tomado del Evangelio de Juan capítulo primero)

Leer detenidamente estas expresiones: “Por medio de la Palabra se hizo todo.” “En la Palabra había vida.” “A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.”

La Palabra de Dios es origen y fuerza de toda la creación, por medio de la Palabra se hizo todo… no hay más que recordar como lo explica el Génesis de una forma alegórica pero maravillosa. En la Palabra de Dios está la fuente de toda la vida. La misma carta a los Hebreos lo dice: La Palabra de Dios es eficaz y tiene fuerza en si misma. Es decir, que no sólo crea el universo y al hombre de la nada, sino que recrea y renueva a quien hoy acoge y escucha la Palabra de Dios.

Dime una cosa, cuando has escuchado una homilía sobre la Palabra de Dios, o leído un Evangelio, o meditado un texto sobre la Palabra… ¿acaso no has experimentado alguna vez que esa palabra te toca el corazón por dentro, te ilumina y te hace dar un giro en tu forma de concebir tu vida?

Ahora no se utiliza tanto la expresión “palabra de honor”, pero antiguamente cuando se hacía una promesa de palabra, esa palabra dada permanecía en el tiempo pues era una promesa. Así es la palabra de Dios, es la Promesa de vida dada a los hombres. Es Promesa por que no falla. Y no sólo en general sino a cada uno en particular.

He estado de misiones durante 8 años en Filipinas. Allí conocí a una mujer que la amputaron las piernas he iba en silla de ruedas. Se llamaba tita Angi. Una vez a la semana su familia la solía traer a nuestra capilla, la dejaba una horita y luego regresaban a recogerla. Un día ayudé a bajarla en la silla de ruedas a nuestra capillita donde teníamos al Santísimo. Allí la dejé, sentada delante del sagrario, y le puse la Palabra de Dios en las manos para tener algo que leer.

Al cabo de un rato regresé para ver que tal estaba. Y mi impresión fue tan grande cuando me la encuentro fuera de la silla, en sus muñones, pues casi no tenía rodillas con lágrimas en los ojos. Cuando la pregunto si estaba bien, me contestó. “Padre, lloro de alegría. El Señor es tan bueno… me llena de consuelo. No tengo nada de que quejarme”.

Uno pudiera quedarse sólo en el pesimismo de la amputación de las dos piernas de tita Angi, pero eso no es toda la realidad, es sólo una parte. La totalidad de la historia la marca las palabras que Dios pronunció en su corazón en esa tarde y que la dejaron llena de consuelo y lagrimas de alegría.

El testimonio de tita Angi me ayudó mucho a reflexionar. La Palabra de Dios es una promesa de vida y felicidad, es una promesa de consuelo en medio de las dificultades… “a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.”

La invitación de este primer domingo sería dejarse "impulsar por la Palabra" a lo largo de este nuevo año 2011.

La Palabra tiene fuerza y poder para renovar, restaurar, resucitar, reanimar... pero para ello uno ha de dar tiempo para escuchar la Palabra de Dios, leer la Palabra de Dios, meditar, rumiar, entender, alimentarse de la Palabra de Dios de forma personal o en la Comunidad parroquial. Yo tengo la experiencia de que es lo único que de verdad da fuerzas, vitalidad e impulsa a las personas a perseverar en vivir y transmitir el Evangelio.

Como bien sabéis yo he estado muchos años viviendo en Asia como misionero, y cuando pasan los años es verdad que uno se va adaptando e inculturizando, pero también es verdad que uno se da cuenta de la distancia cultural y el choque de mentalidad, la diferencia de pensar, etc. Recuerdo que hubo un momento que fue duro, a mi hermana en España le habían declarado un tumor, aun no se sabía que iba a ser benigno, yo estaba muy preocupado, luego coincidió que nos cerraron las puertas para un proyecto que teníamos, cogí una infección de estómago esas que solo las cogen los extranjeros, de repente todo se hacía muy pesado… Yo creo que todos hemos pasado alguna vez por algo de esto… no hace falta irse de misiones lejos, pero aquí mismo… llegar a un punto que uno no se entiende con su cónyuge, tener un conflicto en el trabajo, ver frustrado los planes de futuro, etc.

¿Qué es lo único que me dio fuerza y vitalidad para seguir hacia delante? Lo que leíamos antes: recibir el impulso de la Palabra, recibir la fuerza de la fe, entrar en silencio con esa lectura del evangelio y hacer oración con ese mensaje que has escuchado y te tocó el corazón. La Palabra es la promesa que nunca falla.

23 ene 2010


La Palabra imprime carácter

 (P. Luis J. Tamayo)

(Libro de Nehemías 8, 2-10) “Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: - «Amén, amén.» Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura.”

¿Qué idea del Evangelio me ha de quedar clara?

La necesidad de la Palabra de Dios para no sólo alimentar y nutrir la fe, sino para ir creando carácter con sabor a Evangelio en mi persona, moldear mi perfil con más estabilidad, serenidad interior. ¿Quién no aspira a esto?

El Evangelio (Lc 4,14-21) nos dice que “Jesús entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías”.

Como era costumbre, dice el Evangelio. Es precioso descubrir nuestras raíces en el pueblo judío. El Templo convocaba al pueblo de Dios y en torno a la escucha de la Palabra. Jesús lo hacía, era su costumbre.

El pueblo de Israel tenía muy arraigado su origen y se juntaban para celebrarlo y transmitirlo a las nuevas generaciones: Dios había liberado al Pueblo de la esclavitud de Egipto, y se reunían para no olvidar de donde venían y para celebrar la liberación como obra de Dios.  Entonces escuchaban la Palabra de Dios.  La Palabra de Dios daba sentido a su existencia, daba sentido a sus orígenes, daba sentido a su razón de ser, daba sentido a su esperanza diaria.

Los ancianos transmitían por medio de la Palabra los hechos liberadores de Dios a las nuevas generaciones, transmitían los valores que marcaban tanto su forma de ser: el respeto a los ancianos (los que tenían la experiencia de vida acumulada y por lo tanto tenían sabiduría), la confianza en Dios (Dios había liberado a nuestros padres, también lo hará con nosotros), el compromiso con los necesitados (para los hebreos eran las viudas, los huérfanos y extranjeros), etc.  Conocer tus propios valores imprime carácter, ser fiel a ti mismo y no traicionarte haciendo cosas que te rompen por dentro.

¿Por qué es importante vivir de la Palabra?

Son muchos los Santos de la Iglesia que dicen que la Palabra es para la salud del alma lo que el alimento es para la salud física. La Palabra nos pone en contacto con la vida de Jesús, nos enseña como vivió, nos abre y enseña el camino para una vida más plena.  La Palabra no es la lista de normas… sino que nos enseña desde la vida misma de Jesús a saber vivir. La Palabra nos habla de quien era Jesús, como vivía, cuales eran sus costumbres, sus valores, su mentalidad. Jesús nos habla de quien soy yo, de quien es el hombre en profundidad.  La Iglesia dice: que el misterio de quien es el hombre se esclarece en la persona de Jesús.

Jesús iba al Templo, se reunía en comunidad, escuchaba y leía la Palabra de Dios, oraba con ella… uno puede decir… bueno, si, pero yo nos soy Jesús. Entonces, ¿cuál es el sentido de la Encarnación? Dios en su amor infinito desciende en su Hijo y desde su vida como un hombre más nos da la clave para aprender a vivir.  Si uno es honesto hemos de reconocer que necesitamos cierta orientación para la vida, necesitamos un punto de referencia. 

Ayer un amigo me dijo que el otro día en el programa de “Redes” de E. Punset se analizaba la ansiedad que hoy día es provocada en multitud de personas por la infinita variedad de puntos de referencia que existen hoy para orientar la vida.  Estilos, ideales, modas, etc.  si observas a tus hijos veras que hay un modelo a quien siguen… una moda, un cantante, un estilo… se les mete en la mente... y lo viven con pasión… pero se pasa la moda y se apuntan a otro.

¿Cómo puedo hacer que la Palabra de Dios sea mi referente de vida?

en la Palabra vemos como Jesús nos enseña desde su vida a arraigarnos en la oración y en la lectura de la Palabra.  Que bueno cuando uno descubre la necesidad de formación en la Palabra, en la doctrina de la Iglesia. Aprender  a vivir con espíritu crítico lo que uno lee o ve en la TV. Todo lo que me venden es formativo… para bien o para mal, pero forma a la persona. Cuantas veces hablamos de la “tele-basura” y cuantas veces nos descubrimos delante de esos programas y no hay quien nos mueva del sofá.

Que alegría cuando uno es capaz de disfrutar de un buen libro, de una buena homilía, de una buena conversación, de un rumiar la Palabra de Dios en silencio. Cuando lo disfrutas, cuando sacas jugo de ello. Y notas que te alimenta el espíritu.

¿Para qué?

Hay un dicho que dice: de lo que habla la boca está lleno el corazón.  Llenar el corazón de conocimiento de Dios, de pensamientos positivos, de buenas experiencias, de la historia de Amor que Dios hace conmigo, etc.  Todo esto va creando un poso interior que al final sale… y lo ves en la cara de la gente.  Lo ves en los ojos, en las expresiones de los rostros, en las actitudes, en los gestos. Ciertamente la Palabra imprime carácter.