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22 feb 2014

Domingo VII, REFLEXION Evangelio Semanal

Amad a vuestros enemigos
La llamada al amor siempre es seductora, a todos nos encanta escuchar este tipo de mensaje. Pero para entender bien porque este mensaje de Jesús fue un escándalo, hay que entrar en el contexto socio-histórico. Aviso: La reflexión de hoy es más histórica, trato de iluminar la novedad del mensaje de Jesús. Al final hago una pequeña implicación para todos nosotros.
En los tiempos de Jesús, lo que menos se podían esperar era oír hablar de amor a los enemigos. Viviendo la cruel experiencia de la opresión romana y los abusos de los más poderosos, las palabras de Jesús eran un auténtico escándalo. Solo un loco podía decirles con aquella convicción algo tan absurdo: «Amad a vuestros enemigos; orad por los que os persiguen; perdonad setenta veces siete; a quien os hiere en una mejilla, ofrecedle también la otra». (Mateo 5, 38-48) ¿Qué quería decir Jesús? ¿Vivir sometidos con resignación a los opresores? Este fue un mensaje que no se podía entender fácilmente.
Para el pueblo judío el Dios de Israel es un Dios que conduce la historia imponiendo su justicia de manera por la que se manifiesta su poder feroz y su fuerza severa contra los enemigos. Por ejemplo: ya en el libro del Éxodo se recuerda como nace el pueblo de Israel. El Señor escuchó los gritos de los hebreos e intervino de forma poderosa sacando a su pueblo de la opresión y esclavitud de los egipcios y destruyendo a los enemigos de Israel en el paso por mar rojo.
A lo largo de la historia aprenden a descubrirlo como el Dios verdadero, pues su poder severo contra los enemigos del pueblo elegido era más poderoso que el de los otros dioses paganos. Cuando uno lee la historia de Israel en el A. T. se puede comprobar una y otra vez: Dios protege a su pueblo destruyendo a sus enemigos; y sólo así, bajo la guía protectora de su Dios, pudieron entrar en la tierra prometida.


La crisis llegó cuando el pueblo de Israel se vio sometido a un enemigo más poderoso que ellos; Nabucodonosor, rey de Babilonia, entraba en Jerusalén. ¿Qué podían hacer? ¿Abandonar a Yahvé y adorar a los dioses extranjeros de Asiría y Babilonia? ¿Traicionar a su Dios que les había protegido hasta entonces? [1]
Pronto encontraron la solución: El problema no es Dios, Dios no ha cambiado; son ellos mismos que se han alejado de él desobedeciendo sus mandatos.

Ahora es Yahvé quien dirige su fuerza justiciera sobre su propio pueblo desobediente. Dios sigue siendo grande, pero ahora se sirve de los imperios extranjeros para castigar a su propio pueblo por su pecado.
Más adelante, ellos entendían que su pecado había sido ya expiado con creces. Pasaban los años y el pueblo empezó a pensar que su castigo era excesivo, pues al volver del destierro sufrieron otra nueva invasión de Alejandro Magno y la opresión bajo el Imperio de Roma, que las entendían como una injusticia cruel e inmerecida. Algunos visionarios comenzaron entonces a hablar de una actuación apocalíptica de Dios. Dios intervendrá de nuevo de manera poderosa y violenta para liberar a su pueblo destruyendo a quienes oprimían a Israel y castigando a cuantos rechazaban su Alianza.
En tiempos de Jesús, nadie dudaba de que Dios actuaría en su poder vengador imponiendo su justicia y vengando a su pueblo de sus opresores. Solo se discutía cuándo intervendría, cómo lo haría. Todos esperaban a un Dios que les vengara de la opresión de sus enemigos, un Mesías poderoso y salvador. Si acudimos a los salmos vemos como en muchos se pide la salvación mediante la «destrucción de los enemigos»: «¡Levántate, juez de la tierra, y da su merecido a los
soberbios!».

El clima generado llevaba a odiar a los enemigos de Dios y del pueblo. Odiar a los invasores, a los enemigos del Dios único, era incluso un signo de celo por la justicia de Dios: «Señor, ¿cómo no voy a odiar yo a los que te odian, y despreciar a los que se levantan contra ti? Sí, los odio con odio implacable, los considero mis enemigos».
Por ejemplo, se sabe que los esenios de Qumrán alimentaban este odio. Era una especie de principio fundamental para sus miembros: «Amar todo lo que Dios escoge y odiar todo lo que él rechaza». «Amar a todos los hijos de la luz, y odiar a todos los hijos de las tinieblas».
Jesús comienza a hablar un lenguaje nuevo y sorprendente. Dios no es violento, sino compasivo; ama incluso a sus enemigos; no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse, castigar y controlar la historia por medio de intervenciones destructoras. Dios es grande no por su poder para destruir a sus enemigos, sino porque su compasión es incondicional hacia todos: «Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». No restringe su amor solo hacia los que le son fieles. No reacciona ante los hombres según sea su comportamiento. No responde a la injusticia con injusticia, sino con amor.

Dios es acogedor, compasivo y perdonador. Esta es la experiencia de Jesús.
Por eso, el mensaje de Jesús no sintoniza con las expectativas mesiánicas de Israel que hablan de un Dios belicoso o de un Enviado suyo que destruiría a los enemigos de Israel.
Dios no excluye a nadie de su amor y esto nos ha de atraer a actuar como él.

Así Jesús saca una conclusión irrefutable: «Amad a vuestros enemigos para que seáis dignos de vuestro Padre del cielo». Esta llamada de Jesús tuvo que provocar conmoción, pues los salmos invitaban más bien al odio, y la ley, en su conjunto, orientaba a combatir contra los «enemigos de Dios».


El amor de Dios no discrimina, busca el bien de todos. Jesús contempla ese amor al enemigo como el camino a seguir para parecerse a Dios. Un proceso que exige esfuerzo, pues se necesita aprender a deponer el odio, superar el resentimiento, bendecir y hacer el bien. Jesús habla de «orar» por los enemigos, probablemente como un modo concreto de ir despertando en el corazón el amor a quien cuesta amar. Pero al hablar de amor no está pensando en sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo enemigo, y difícilmente puede despertar en nosotros tales sentimientos. Amar al enemigo es, más bien, pensar en su bien, «hacer» lo que es bueno para él, lo que puede contribuir a que viva mejor y de manera más digna.

Jesús, rompía con la tradición bíblica, los salmos hablaban de venganza, y éstos alimentaban la oración del pueblo; Jesús se opuso al clima general de odio a los enemigos de Israel, contra los opresores romanos; Jesús pregona a todos: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien». El reino de Dios ha de ser el inicio de la destrucción del odio y la enemistad entre sus hijos.
Amar a nuestros enemigos a nosotros nos supone superar la ley de talión,  superar la ley del ojo por ojo (Mt.5,38) por la ley del amor. “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.”
Amar al prójimo exige descubrir en todo hombre lo que hay en él de amable. Sería injusto solo fijarse en lo negativo.
Hace poco me hablaba una madre, y para educar a su hija que siempre venía con quejas sobre todos, como si todos fueran enemigos… la decía: “No vengas sólo diciendo lo negativo de esa persona: “es que la profe…, es que mi amiguita...” antes de decirme lo negativo, piensa algo positivo que tiene esa persona y luego me cuentas las dos”.  Al escucharlo me pareció genial.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué hacéis de extraordinario?



[1] Después de alcanzar la cúspide de su grandeza durante los reinados de David y Salomón, en el siglo X a.C., el antiguo reino de Israel se vio cada vez más a merced de sus poderosos vecinos y de las rencillas internas. Dividida su dinastía real en dos ramas, la del norte y la del sur, los asirios aprovecharon la situación para conquistar el reino septentrional. El del sur, con capital en Jerusalén, trató de mantener su independencia haciendo equilibrios entre Egipto y Babilonia, imperio este último que a finales del siglo VII a.C. parecía decidido a poner bajo su órbita al pequeño estado judío. Finalmente, en el año 597 las tropas del soberano babilonio Nabucodonosor entraban en Jerusalén en castigo por el comportamiento de sus reyes. Unas tres mil personas, pertenecientes a las familias más poderosas del país, fueron deportadas a Babilonia, junto con el mismo rey.

31 mar 2013

Domingo de Resurrección


Hoy celebramos que Cristo ha resucitado!!
El propósito de esta reflexión no es tanto decir que Jesús ha resucitado, sino entender el deseo de Jesús de que nosotros participemos ahora de los beneficios de su resurrección. Lo que le interesa a Cristo es que nosotros podamos experimentar ahora la resurrección en esta vida. Vivir una vida resucitada, solo es posible en la experiencia del Amor de Dios!  ¿Qué significa para nosotros vivir una vida resucitada?
Jesús ya dijo algo de ello en la parábola del hijo prodigo: cuando al final, en el encuentro del hijo pródigo con el padre (Lc 15), después de abrazarlo, rodearlo de besos y amor, al traerlo a casa dice: “este hijo mío estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ahora vive”. ¿Cómo puede decirse de un chaval que estaba muerto y ahora vive? Jesús estaba equiparando la vida del hijo sin la experiencia del amor de Dios Padre con la muerte, y después tras el abrazo de amor misericordioso del Padre, el chaval entra en otra calidad de vida.
Hace poco recibí un video en el que se muestra el amor extremo al que puede llegar un padre por su hijo. Muchos ya lo habréis visto. Un hijo con parálisis cerebral le pide a su padre que si podían correr juntos el triatlón que consiste en correr, ir en bici, y nadar largas distancias. Durísima prueba en la que a los participantes les llaman “ironmen”, debido a su dureza. Y el padre accede a lo que le pide su hijo, corren juntos la prueba con lo que supone nadar atados a una lancha zodiac donde viaja su hijo. Después rápidamente se ve como deja el agua y le sube en brazos rápidamente a una bici adaptada con un asiento para su hijo en la parte de delante de la bici. Y exhausto deja la bici y todavía queda la parte más dura de correr un montón de kilómetros con su hijo en un carrito al que el Padre empuja.  Lo que impresiona del video es el cariño, y el cuidado del padre, y la alegría inmensa del hijo de llegar a la meta. Se le ve eufórico. Se te saltan las lágrimas. Dentro de los límites físicos del hijo, éste es capaz de expresar una alegría indescriptible.
El video me lleva a preguntarme: ¿cómo llevo yo mis propios límites, mis propias parálisis? Los defectos, mis errores y los de los demás. ¿Vivo en la intolerancia o experimento un amor resucitado que no me ata a los límites de la intolerancia?
No es difícil reconocer que lo humano es esencialmente imperfecto. En nosotros conviven nuestras mejores capacidades con lo frágil, lo feo y lo enfermo. San Pablo lo dice: “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, más no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. (2 Cor 4,1-10).
El barro afea la vida hasta el punto de enfadarnos por ser barro. Desearíamos extirpar de nuestra vida todo lo que la hace débil, lo que nos hace sufrir. Pero tenemos que admitir que negar nuestra propia debilidad es negar nuestra propia identidad humana, y éste es el camino más corto para la infelicidad,  la desdicha y  la intransigencia. Negar mi debilidad es el camino para volverme insoportable y hacer insoportable la vida a los que me rodean. 
Imaginaros al padre del video riéndose de los sueños de su hijo. “Pero que dices borrico: ¿Cómo vas a correr la maratón si eres un tullido, un paralítico, un incapacitado?”. No estaría mintiendo, pero estaría destrozando los sueños y las ilusiones de su hijo. A veces con nuestro realismo y nuestra sinceridad, dañamos, destrozamos, matamos. Esta mentalidad no habla de resurrección. Nuestra exigencia asfixia. Esto no sabe a resurrección.
Bendita mirada la del padre que es capaz de comprometerse con su hijo y poner lo que está de su parte para equilibrar los límites del otro. Bendita mirada la del padre de la parábola del hijo pródigo que ve en el hijo perdido y pecador la esperanza de una vida nueva. No lo hecha de casa, al contrario se merece más amor, más abrazos, una verdadera fiesta. Este tipo de amor es capaz de resucitar a un muerto!! La gente más conflictiva y más insoportable es la que más amor necesita. Y eso lo olvidamos. Nos vamos con quien espontáneamente me llevo bien. Y los simpáticos están siempre rodeados de amigos y de atractivos planes. ¿Pero quién amará a los feos, a los enfermos, a los que no nos caen bien? La resurrección nos invita a amar a quien menos lo merece, porque es quien más lo necesita.
Vivir la resurrección es aprender a reconciliar los límites y los aciertos. Las virtudes y los defectos propios y de los demás.  Pues en nosotros convive el trigo y la cizaña,  la sonrisa más bella y más franca, con la ambigüedad y la doble intención.  El interés egoísta y la gratuidad. Convive el ángel y el demonio. Jesús mismo nos muestra en su humanidad su fatiga junto al pozo de Jacob, y su vitalidad en las bodas de Caná. En Él vemos la fiesta entrando a Jerusalén el domingo de Ramos y también su rabia en el templo expulsando a los mercaderes. En Él encontramos el fracaso de su muerte en cruz, y su victoria gloriosa en la mañana de Pascua.
Que bueno si en nosotros también hay algo de “bipolares”. Es el papá en traje y corbata de trabajo que luego da gritos y saltos eufórico porque su equipo mete gol… es el padre responsable que se sienta a hacer los deberes con sus hijos todas las tardes y luego se transforma en el rebelde en un concierto de rock. Es la formalidad del alzacuellos y las zapatillas nike fosforito para salir a correr media marathon.
Convivir en esta pluralidad nos habla de resurrección. Y esa pluralidad nos hace comprensivos con las imperfecciones de los demás. Feliz elasticidad que nos hace sitio a todos. Feliz amor resucitado que acepta la diferencia de los otros. No hay una única forma de acercarnos a Dios, o de amar, o de vivir, o de ser familia. Gracias a Dios no hay un único sabor, una única música, un único deporte. Hay una variedad muy amplia. Pero eso nos tiene que ir asemejando a Dios que hace salir el sol para todos, los buenos y los malos. Que nos ha preparado un sitio en su casa, en la que hay muchas estancias, para celebrar el banquete definitivo y glorioso. Este estilo de vida si que sabe a resurrección. 

24 mar 2013

Domingo de Ramos


La paciencia de Dios es nuestra salvación
(P. Luis J. Tamayo)

El relato completo de la Pasión de Señor que leemos en el domingo de Ramos, desde la entrada de Jesus en Jerusalen, hasta su juicio y condena ante Pilatos, me hace pensar en la volubilidad humana, no en la de los otros sino en la de uno mismo.
Dos acontecimientos históricos que la liturgia celebra en el mismo Dies Domini: el canto y el grito. Se unen dos hechos en este día de Ramos que constituyen una unidad: El canto del “Hosanna al Hijo de David” con lo gritos terribles del “crucifícale”. Vemos como se pasa de aquellos entusiastas del Domingo de Ramos que gritan: “¡Hosanna al Hijo de David!”, para cuatro días después ser de los que claman: “¡Crucifícale, crucifícale!”. Dos polos opuestos frente a una misma realidad.
Este acontecimiento cada vez que lo leo en profundidad genera en mi dolor, extrañeza, indignación, contradicción. Sea cual fuera la emoción o emociones que surgen del interior de uno ante esos acontecimientos, es importante entender que no es posible mirar a los demás, sin mirarse antes uno mismo. Yo soy esa dualidad!
Estoy ante mi mismo que cuantas veces bien intencionado, con valores y cualidades, que empiezo a poner medios adecuados y que sin embargo lo echo todo a perder por mi engreimiento, o por no tener los horizontes altos, o por una cobarde comodidad, o habría que decir también que por no estar educado para el “esfuerzo sostenido”.
Vivimos en esa contradicción: santos y pecadores. Descubro en mi corazón ya algo de santidad pero también hay pecado. Hay deseos altos que engrandecen nuestro corazón, pero también deseos bajos que lo arrastran. Vivimos en esa locura que tan bien describe San Pablo (Rm 7, 19-25): “Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios: Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo á la ley del pecado que está en mis miembros.¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Gracias doy á Dios, por Jesucristo Señor nuestro...”
Jesús no se escandaliza de nuestra contradicción, Él lo asume con gran amor. San Pedro dice (2Pe 3, 12): “Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación”.
Oración:
Señor, dame paciencia para aprender a vivir en la contradicción sin escandalizarme de mi mismo; aprender a vivir en la dialéctica del deseo de santidad y la presencia del pecado; buscando el camino de la humildad y encontrando el tropiezo de la soberbia; saborear el gozo del amor y tocar la amargura del egoísmo. 

10 mar 2013

IV Cuaresma - REFLEXION Evangelio Semanal


Un buen ataque!
(P. Luis José Tamayo)

Entramos en el cuarto domingo de Cuaresma. Recordamos que estamos haciendo un itinerario de 5 homilías unidas por un hilo temático: “Cuaresma como tiempo de crecimiento espiritual”.
Recordad que si el Evangelio del 2º domingo (la transfiguración en el monte Tabor) vimos el culmen de nuestra vocación cristiana en la transformación en Cristo, es decir, crecer y madurar humanamente hasta la altura y la medida del amor de Cristo.  En este camino nos encontramos con dos tipos de retos: El 1º son las tentaciones (primer domingo) como las dificultades internas o externas en el crecimiento y camino de madurez; y el 2º reto son la práctica de los tres ejercicios (la oración, la abstinencia y la limosna o caridad) que propone la Iglesia para fortalecer la vida espiritual.
Hay una imagen que nos puede ayudar. En un partido frente al enemigo uno no puede solo hacer una táctica de defensa, sino que hay que tener una buena defensa y, a la vez, un buen ataque. La táctica de la defensa está muy bien delante de las tentaciones; pero no basta pues sólo con la defensa al final me comen el terreno; hay que atacar con una táctica de ejercicio para cogerle el terreno al enemigo. He aquí el sentido del ejercicio de la oración, el ayuno y la limosna. Hoy toca el ejercicio del ayuno.
En el Evangelio de hoy (Lc 15), el hijo pródigo haciendo su propio querer desparramó y derrochó la fortuna que le había dado el Padre para al final pasar hambre. Esto nos ayuda a entender que dar rienda suelta a mis apetencias, al final, me lleva a pasar hambre.
Un ejemplo claro lo tenemos en el consumismo… para la educación de nuestros hijos y para nosotros los adultos: Al final, llegar a tener de “todo” no es suficiente, pues uno siempre querrá más. Si me compro un móvil al mes siguiente quiero el siguiente modelo, y luego otro… vivimos en una sociedad que nos crea necesidades innecesarias. Si me dejo llevar por todas mis apetencias… al final nada me sacia, es decir, que siempre pasaré hambre pues nada me sacia. (Esto es lo que desde siempre se ha llamado gula).
Sin embargo, Jesús ayuna su propio querer para hacer el querer del Padre. Dice en el evangelio de Juan 4: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”, es decir, ser dueño de si para elevar la propia vida a lo más grande. Dejar el ayuno a no comer carne los viernes es muy pobre. Dios quiere que te abstengas de lo que no te hace bien, pero que te alimentes de lo que de verdad te engrandece.
Mi alimento es hacer la voluntad del Padre, es entender que hacer la voluntad de Dios es lo que de verdad engrandece al hombre, lo que alimenta la grandeza del hombre.  La voluntad de Dios lleva al hombre a la dignidad más alta. La voluntad del Padre es que alimentes tu vida con la práctica de aquellos los valores que de verdad engrandecen al hombre.
Esta experiencia nos ayuda a entenderlo. Hablaba con un amigo que lo normal es tener dificultades en el mundo de las relaciones. Como muchas veces nos encontramos con un mal entendido, con un roce, o con un revés. Claro, la primera reacción es hablar mal de esa persona a sus espaldas. Hablaba con este amigo lo importante que es no hablar mal de nadie, aunque yo tenga la razón, pues es veneno en mi corazón. El ayuno es ese contenerse, dominarse, es decir, ayunar en hablar mal de aquel que me hizo esto u lo otro. La voluntad de Dios no es que ayune en criticar, sino que te alimentes en las virtudes de la prudencia, la sensatez y la limpieza de corazón… esto es lo que de verdad engrandece y alimenta el corazón del hombre. Un ayuno que alimenta.
El ayuno, la abstinencia, la privación teóricamente es dejar de hacer mi propio querer para hacer el querer de Dios… pero tiene unas consecuencias muy prácticas, pues al final, la cuestión se centra en fortalecer el domino de si. Esta es la gran verdad, la grandeza del hombre está en el dominio de sí. La grandeza del hombre está en dominar las pasiones y los vicios (la pereza, la desgana, la glotonería, la ansiedad, etc.) y tener la fortaleza para la práctica de las virtudes (alegría de espíritu, control de si, libertad interior, agilidad, no dejar para mañana lo que pueda hacer hoy).
San Pablo en Rm 7, 18-19: “Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.”
Lo mismo decía Ignacio de Loyola decía: “como puede ser que era capaz de gobernar todo un ejército y no soy capaz de gobernar mis impulsos.” Pues uno acepta que de repente salto irritado contra una persona que aprecio, pierdo los papeles frente a mis hijos, no me domino en mis gastos, no controlo mi lengua, empiezo y no paro de criticar… Al final me justifico pensando que tengo razón, pero el reto está en ver si honestamente puedes parar.
La lección de hoy está clara: Derrochar me lleva a pasar hambre y, sin embargo, ayunar me lleva a ser saciado profundamente con algo mucho más grande.
Ej. Una señora me contaba como de paseo por la calle se le antojó un capricho: pensó me voy a comprar una palmera de chocolate, ya ves que insignificante.  Pero al pensar que en este tiempo de crisis hay muchas familias que lo están pasando muy mal, al final decidió no comprarlo y ser solidaria poniendo un dinero para Caritas.  El ayuno cuaresmal no tiene sentido si sólo es para privarme de una palmera de chocolate; abstenerse de un capricho sólo tiene sentido si es para engrandecer mi espíritu siendo algo más solidario y generoso.
Ej. Un chaval con el que suelo hablar me contó como en un examen le calló una pregunta que no sabía contestar y el impulso que tenía era el de copiar.  Al final se dio cuenta que copiar le empobrecía como persona, le hacía deshonesto.  El ayuno cuaresmal no tiene sentido si es sólo para privarme de algo; abstenerse de algo sólo tiene sentido si es para engrandecer mi espíritu con lo más genuino como es la honestidad.
El ayuno tiene sentido cuando alimenta y engrandece el espíritu humano, sino se convierte en una carga.
La práctica del ayuno tiene el objetivo de fortalecer el espíritu humano mediante el autocontrol de las pasiones más corporales, es decir, el ayuno no es sólo privarme de algo, sino que es para engrandecer mi espíritu y darle a mi corazón los valores más genuinos que más me enaltecen como persona.  

III Cuaresma ciclo C - REFLEXION Evangelio Semanal


LOS FRUTOS DE LA ORACION
(P. Luis J. Tamayo)

Entramos en el tercer domingo de Cuaresma. Recordamos que estamos haciendo un itinerario de 5 homilías unidas por el mismo hilo temático de la Cuaresma.
En el Evangelio del 2º domingo (la Transfiguración de Jesús) vimos que el culmen de nuestra vocación cristiana es la transformación en Cristo, es decir, todos estamos llamados a crecer y madurar hasta la altura y la medida del amor de Cristo. El 1º domingo vimos las tentaciones (Jesús en el desierto) como las dificultades que nos salen a lo largo del camino, que pueden obstaculizar o fortalecernos (“trampa o trampolín”) en el camino.
Ahora nos quedan tres domingos en los que veremos los tres ejercicios que nos propone la Iglesia como camino de colaboración nuestra a la obra que Dios hace en nosotros de llegar a esta madurez: (1) el ejercicio de la oración, (2) el de la abstinencia y (3) el de la limosna o caridad. La pregunta es: ¿Cómo entender estos tres ejercicios?
Hace días hablaba con un corredor de atletismo en los 40 (de mi quinta!), y me decía que en los maratones siempre hacía una buena marca de tiempo, siempre más o menos lo mismo, no variaba mucho y esto le hacía estar muy contento pues sentía que los años pasaban pero seguía estando en forma. Así llevaba varios años y nunca se había planteado que podía aspirar a más. Un día conoció a un entrenador que al verle le dijo: “tú puedes aún hacer una mejor marca, tú tienes una mayor capacidad”. Mi amigo tenía el potencial pero tenía que desarrollarlo. Tuvo que ser alguien desde fuera que supo mirarle no desde lo que ya hacía sino desde su potencial. “Tu aún puedes mucho más”, le decía, “pero para alcanzarlo tienes que estar dispuesto a hacer una serie de ejercicios”.  Efectivamente, mi amigo, que nunca se había planteado que podía mejorar su marca,  practicando los ejercicios que le indicó el entrenador, mejoró notablemente.
Los ejercicios de la oración, abstinencia y limosna sólo se entienden si uno está dispuesto a crecer y a madurar en su vida cristiana. Sólo si estás dispuesto a crecer según la medida de Cristo, entonces, la práctica de estos ejercicios es cobran todo el sentido y su necesidad.
El tema de hoy es la oración de Cuaresma
Lc 13, 1-9: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas".»
La higuera es como el ejemplo de un amigo corredor que año tras año hacía el mismo resultado y no aspiraba a una mejor marca; similar a lo que dice el Evangelio que, año tras año, la higuera ni si quiera da fruto alguno.
La lectura de este Evangelio nos ayuda a entender que no es que la oración no tenga su fuerza, sino que muchas veces es uno mismo quien no busca en la oración la esperanza o la fuerza para colaborar con Dios en el camino de madurez.
Se acercaron marido y mujer a confesar. Primero vino la mujer y en vez de hacer su propia confesión parecía que estaba haciendo la confesión del otro… es que mi marido es tal y cual, y es que tiene este carácter y me hace las cosas muy difícil… más tarde llegó el marido y lo mismo, me estaba confesando los defectos de la mujer.  La cuaresma es tiempo de madurez, de crecimiento… si no hago más que poner las culpas fuera, es como decirle al entrenador: es que el otro lo hace peor, es que el otro hace trampas, es que el otro entrena mucho más que yo, etc.  Pero el entrenador te dirá: “a mi que me importa el otro. Tú, ¿estas dispuesto a ver en ti que es lo que no funciona bien? ¿quieres crecer?
Hay que entender que la vida de todo hombre no está hecha, sino que está en una continua necesidad de hacerse. Lo grandes pensadores de la historia lo decían: No crecer, no aprender nada nuevo, no desear mejorar es morir en vida. Buscar alcanzar la madurez del amor de Cristo para mi vida significa estar en una constante tensión de crecimiento.  Y la gran noticia es que sí puedes crecer!, si puedes moverte hacia delante!, si puedes aspirar a más!.
La oración es nuestra principal arma, pues en ella encontramos la fuente de la gracia, la fuente de la fuerza para levantarse cuando uno no puede, la oración es el ánimo constante a no tirar la toalla, es el entusiasmo para llegar donde uno ni se imagina. La oración es la clave de la vida cristiana.
El tono de la oración para esta Cuaresma debería llevarme a ese encuentro cara a cara con Cristo como ese entrenador que ve en nosotros el potencial y dice: “tú aún puedes amar mucho más, tú aún tienes una capacidad mayor para crecer”. La oración es ponerte delante de Aquel que te conoce profundamente y mira el corazón y no las apariencias, y mira el potencial que tienes y anima constantemente a lo que de verdad puedes llegar a hacer. El viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto.”
¿Quién de nosotros puede decir que ya ha llegado al amor perfecto? ¿quién no necesita aprender de nuevo a perdonar? ¿quién no puede ser aún más generoso? O ¿acaso no sientes el conflicto dentro entre el deseo de hacer el bien y el egoísmo para no mover un dedo? Este es el camino de la conversión de Cuaresma: Dios te mira y te dice “¡Aún puedes crecer más!”. Cuantas metas para examinar: la humildad, la pureza de corazón, la fidelidad a tu esposo/a, la paciencia, los detalles de cariño, el compromiso con tu parroquia, etc. 
Uno puede argüir como en el Evangelio "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Ya ves tanto tiempo intentándolo y esto no funciona, no espero nada, tiro la toalla… Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto".» Esta es la mirada de Cristo… espera, no tires la toalla tan fácilmente, yo te ayudaré… tu pon de tu parte, y yo hago el resto… pero recuerda que para recoger la cosecha has de dejar pasar tiempo.  La oración pide de nuestra colaboración, ya lo expresa el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando.”

18 nov 2012

XXXIII Domingo T.O. REFLEXION Evangelio Semanal


Un rayo de luz tras las tinieblas
P. Luis J. Tamayo

Marcos 13,24-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; (…) El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán…»
Este evangelio y el del domingo que viene, la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, son dos textos que pueden ser leídos en continuación… el de hoy es una reflexión de que todo lo de esta tierra se tambalea y pasa, y que lo único que permanece es el Señor; por eso la invitación del domingo que viene de hacerlo Rey y Señor de mi vida, para anclarnos en él.  Estos dos textos son el final del año litúrgico; con estos dos textos se cierra el año y el domingo 2 de diciembre damos comienzo al Adviento, y nuevo año litúrgico.
El evangelio de hoy (Mc 13,24-32) parece el trailer de una autentica película de ciencia-ficción.  Imaginar la escena:  “En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”.
Hemos de saber que este tipo de textos son los llamados textos apocalípticos, es decir, textos de la época que querían llamar la atención a prepararse para lo que ellos pensaban que estaba cerca: el fin del mundo y la segunda venida del Señor.  Obviamente, ellos se dieron cuenta que el tiempo pasaba y ni el sol entró en tinieblas, ni las estrellas cayeron del cielo, ni los astros tambalearon; fue entonces cuando se replantearon el verdadero significado de ese llamado “final de los tiempos y la venida de Cristo”. 
El texto nos lleva a una reflexión muy actual. La lectura de la situación económica actual es que vivimos en un momento de tinieblas. Las estrellas que han caído son nombres de empresas que una vez fueron y ya no están. Momentos de euforia económica que ya no vemos. Luces de neón que se ven recortar en todos los sitios. Vivimos en un momento en el que parece que todo se tambalea, hay gente que a día de hoy no puede asegurar su puesto de trabajo. = Esto se traduce en una sociedad con rostros en tinieblas, sin brillo y desesperanzada.
Lo que muchas veces hecho de menos en los medios de comunicación es una actitud positiva frente a la situación, sobre todo echo de menos la inyección de la esperanza. Los medios no los dan pero el texto del Evangelio sí: “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; (…) El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.”
El Evangelio y la fe nos invita a poner la esperanza en el Señor.  Siempre llegarán momentos en la vida que parecen que todo se acaba, así a acontecido a lo largo de la historia de la humanidad (la caída del Imperio Romano, las grandes pestes de la Edad Media, la 1ª y 2ª Guerra Mundial…) Son momentos en la historia en que todo se tambalea o incluso en lo que todo se cae y parece el fin del mundo… pero el Evangelio nos enseña a poner la esperanza solo en Dios.
Os cuento un ejemplo muy gráfico sobre como a uno se le cae el mundo cuando pone su esperanza fuera de los valores del Evangelio: hace un tiempo hablaba con unos amigos que esperaban una niña, la niña nació con una deformación en el sistema motor. Ella me reconocía que el primer impacto fue la desesperanza.  Se preguntaba como podía afectarle esto si tenía que estar feliz que la niña en general estaba bien de salud y el doctor le daba esperanzas. Me contaba que tras días de oración y de examinarse se dio cuenta que le daba toda la importancia en la opinión de los demás y no en el regalo de la vida que Dios les había hecho. Comparaba a su hija con otros bebes, y se agobiaba que su hija iba a ser distinta y que las demás lo hablaran. Ella se dio cuenta, y me decía que se dio cuenta que en realidad su apoyo no eran los valores del Evangelio, es decir, su esperanza no estaba puesta en el Señor, sino en los valores de este mundo, por eso no aceptaba la situación.
Al final del evangelio dice: “cielo y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”.  Apoyarnos SOLO en los valores que pasan hacen nuestra vida demasiado frágil. Apoyarnos con fe en la Palabra del Señor hace nuestra vida más firme. Jesús lo explica también con la parábola de la casa construida sobre arena y sobre roca (Mateo 7, 21-29).
Esto es lo que le ha pasado a esta sociedad, nos han enseñado a poner nuestro apoyo en valores que se caen: valores como la avaricia, el consumo, la apariencia, el acumular, y esto ha conducido a una sociedad que ha vivido por encima de las posibilidades… hasta que ha hecho crack!
Pero creo que estos momentos son momentos de mucha esperanza, son momentos que nos están reeducando a los verdaderos valores que siempre permanecen: la sencillez, la austeridad, la humildad, vivir más el momento presente y no acumulando pensando sólo en el futuro…
Estos momentos en los que muchas cosas se nos tambalean, pueden ser pedagogía de Dios permitir que las cosas se nos caigan, y aunque parezca el fin del mundo… esto acontece para darnos cuenta que “cielo y tierra, y tantos otros valores que no son de Dios al final pasan, pero que solo Él no pasa”. 

¿dónde pongo el apoyo de mi vida? ¿dónde está puesta mi esperanza? ¿qué es aquello que si tambalea, me hace tambalear? ¿en que valores apoyo mi vida?

23 sept 2012

XXV Domingo T.O., REFLEXION Evangelio Semanal


El camino estrecho de la humildad
P. Luis J. Tamayo

San Marcos 9,30-37: Jesús iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Jesús, como maestro de vida, buscaba instruir a sus discípulos por el verdadero camino de la vida. La clave más esencial que marca todo su anuncio, todo el Evangelio, es el camino de la humildad. Dice el evangelio que les instruía sobre el camino de la cruz y la humillación. Jesús repetirá la misma lección en el Evangelio de Juan 12,24 "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto abundante".
La humildad es la lección de los grandes maestros espirituales, es la vida de los grandes santos, es el camino que escogió la Virgen ("Proclama mi alma la grandeza del Señor, pues se ha fijado en la humildad de su sierva" (Lc 1, 46-55). Es el gesto de Juan Pablo II cuando aterrizaba en el país que visitaba de arrodillarse y besar el suelo; es la opción de Madre Teresa de Calcuta de servir a los más pobres entre los pobres, y así un largo etc. En una persona, la humildad es la virtud que más atrae; la humildad es lo que hace de un persona algo grande.
La humildad en un hogar, la humildad es la virtud que abre las puertas al entendimiento, a la comprensión del prójimo, al encuentro entre posturas enfrentadas, es decir, a la santidad de vida, etc…
Jesús, a pesar del esfuerzo por ayudarles a entender como la humildad es la clave del verdadero camino para la vida cristiana y para la grandeza del hombre, resulta cómico descubrir como los discípulos no entendían.  Nos es fácil ver cómo tantas veces los impulsos del corazón buscan los caminos contrarios a la humildad. Y aunque la cabeza sabe, los impulsos del corazón se resisten. Dice la Escritura: “no entendían aquello que les explicaba del camino de la humildad, y llegando a Cafarnaún les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» pues ellos habían discutido quién era el más importante.
Esto mismo nos pasa a nosotros. Aunque sabemos que el orgullo no nos lleva a ningún lugar, sin embargo cuantas veces nos encontramos en el hogar en dinámicas de a ver quien tiene más fuerza, quien puede más… las discusiones no tienen fin pues son un pulso entre dos orgullos. Nos cuesta dialogar con tolerancia, escuchando al otro a fondo, buscamos imponer y convencer al otro. Esperamos que el otro responda a mis expectativas y no damos espacios para dejar que el otro recorra su propio camino. Si esto ocurre en las dinámicas familiares, es fácil entender el porque de las guerras a más grande escala. La realidad es que, como los discípulos, no entendemos…
Jesús, después de ver que no se enteraban de nada, no desespera, no pierde la paciencia... y lo vuelve a explicar. Nosotros, cuantas veces, después de decirle al niño 4 veces: "no hables con la boca llena", al final, dejamos paciencia y humildad de lado y le damos un grito... Jesús con paz y humildad y sin echarles la bronca, y sin ponerse nervioso, pone en práctica la lección de humildad. Palabras y hechos en su persona van al unísono. Entonces vuelve a explicarles la lección con una frase breve y escueta: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»
Jesús, más adelante, esta lección la llevará a su plenitud en el lavatorio de los pies, se pondrá como servidor de otros, y caminará por los caminos de la humildad extrema en su humillante pasión y muerte, escogida voluntariamente. Así es, la grandeza del cristianismo está en vivir la humildad como el gran camino estrecho que lleva a la VIDA, pues por el camino ancho entran muchos y lleva a la perdición (Mt 7,13-14).