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8 abr 2012

Domingo de Resurrección


Cristo ha resucitado!! (Homilía Misa de jóvenes - P. Luis J. Tamayo)
El propósito de esta eflexión no es tanto decir que Jesús ha resucitado, sino entender el deseo de Jesús de que nosotros participemos ahora de los beneficios de su resurrección. Lo que le interesa a Cristo es que nosotros podamos experimentar ahora la resurrección en esta vida. Vivir una vida resucitada, solo es posible en la experiencia del Amor de Dios! ¿Qué significa para nosotros vivir una vida resucitada?
Jesús ya dijo algo de ello en la parábola del hijo prodigo: cuando al final, en el encuentro del hijo pródigo con el padre, después de abrazarlo, rodearlo de besos y amor, al traerlo a casa dice: ‘este hijo mío estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ahora vive. ¿Cómo puede decirse de un chaval vivo que estaba muerto y ahora vive? Jesús estaba equiparando una vida sin la experiencia del amor de Dios Padre con la muerte, y después del abrazo de amor misericordioso, el chaval entraba en otra calidad e vida.
Hace poco recibí un video en el que se muestra el amor extremo al que puede llegar un padre por su hijo. Muchos ya lo habréis visto. Un hijo con parálisis cerebral le pide a su padre que si podían correr juntos el triatlón que consiste en correr, ir en bici, y nadar largas distancias. Durísima prueba en la que a los participantes les llaman “ironmen”, debido a su dureza. Y el padre accede a lo que le pide su hijo, corren juntos la prueba con lo que supone nadar atados a una lancha zodiac donde viaja su hijo. Después rápidamente se ve como deja el agua y le sube en brazos rápidamente a una bici adaptada con un asiento para su hijo en la parte de delante de la bici. Y exhausto deja la bici y todavía queda la parte más dura de correr un montón de kilómetros con su hijo en un carrito al que el Padre empuja. Lo que impresiona del video es el cariño, y el cuidado del padre, y la alegría inmensa del hijo de llegar a la meta. Se le ve eufórico. Se te saltan las lágrimas. Dentro de los límites físicos del hijo, éste es capaz de expresar una alegría indescriptible.
El video me lleva a preguntarme como llevo yo mis propios límites, mis propias parálisis. Los defectos, mis errores y los de los demás. ¿Vivo en la intolerancia o experimento un amor resucitado que no me ata a sus límites de la intolerancia?
Reconozcamos que lo humano es esencialmente imperfecto. En nosotros conviven nuestras mejores capacidades con lo frágil, lo feo y lo enfermo. San Pablo lo dice: “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, más no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. (2 Cor 4,1-10).
El barro afea la vida hasta el punto de enfadarnos por ser barro. Desearíamos extirpar de nuestra vida todo lo que la hace débil, lo que nos hace sufrir. Negar nuestra propia debilidad es negar nuestra propia identidad humana, y éste es el camino más corto para la infelicidad, la desdicha y la intransigencia, para volverme insoportable y hacer insoportable la vida a los que me rodean. Imaginaros al padre del video riéndose de los sueños de su hijo. “Pero que dices borrico: ¿Cómo vas a correr la maratón si eres un tullido, un paralítico, un incapacitado?”. No estaría mintiendo, pero estaría destrozando los sueños y las ilusiones de su hijo. A veces con nuestro realismo y nuestra sinceridad, dañamos, destrozamos, matamos. Esta mentalidad no habla de resurrección. Nuestra exigencia asfixia. Esto no sabe a resurrección.
Bendita mirada la del padre que es capaz de comprometerse con su hijo y poner lo que está de su parte para equilibrar los límites del otro. Bendita mirada la del padre de la parábola del hijo pródigo que ve en el hijo perdido y pecador la esperanza de una vida nueva. No lo hecha de casa, al contrario se merece más amor, más abrazos, una verdadera fiesta. Este tipo de amor es capaz de resucitar a un muerto!! La gente más conflictiva y más insoportable es la que más amor necesita. Y eso lo olvidamos. Nos vamos con quien espontáneamente me llevo bien. Y los simpáticos están siempre rodeados de amigos y de atractivos planes. ¿Pero quién amará a los feos, a los enfermos, a los que no nos caen bien? Amar a quien menos lo merece, porque más lo necesita.
Vivir la resurrección es aprender a reconciliar los límites y los aciertos. Las virtudes y los defectos de los demás. Pues convive en lo profundo de nosotros el trigo y la cizaña, la sonrisa más bella y más franca, con la ambigüedad y la doble intención. El interés egoísta y la gratuidad. Convive el ángel y el demonio. Jesús mismo nos muestra su fatiga junto al pozo de Jacob, y su vitalidad en las bodas de Caná. Es la fiesta de Jesús entrando a Jerusalén el domingo de Ramos y también su ira en el templo expulsando a los mercaderes. Es el fracaso de su muerte en cruz, y su victoria gloriosa en la mañana de pascua.
Nosotros también somos algo bipolares. La formalidad del alzacuellos y las zapatillas nike fosforito para salir a correr media marathon. Es el traje y la corbata, que luego da gritos y saltos eufórico porque su equipo mete gol… y el padre responsable que se sienta a hacer los deberes con sus hijos todas las tardes y luego se transforma en el rebelde en un concierto de rock. Convivir en esta pluralidad nos habla de resurrección. Y esa pluralidad nos hace comprensivos con las imperfecciones de los demás. Feliz elasticidad que nos hace sitio a todos. Feliz amor resucitado que acepta la diferencia de los otros. No hay una única forma de acercarnos a Dios, o de amar, o de vivir, o de ser familia. Gracias a Dios no hay un único sabor, una única música, un único deporte. Hay una variedad muy amplia. Pero eso nos tiene que ir asemejando a Dios que hace salir el sol para todos, los buenos y los malos. Que nos ha preparado un sitio en su casa, en la que hay muchas estancias, para celebrar el banquete definitivo y glorioso. Esto sabe a resurrección.

18 feb 2012

REFLEXION Evangelio Domingo VII

Una mirada profunda al corazón (P. Luis J. Tamayo)

Marcos 2, 1-12 2: “Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: - «Hijo, tus pecados quedan perdonados.» Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: - «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados ... » Entonces le dijo al paralítico: - «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.» Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios”

Cuenta el evangelio de hoy: Viendo la fe que tenían… Jesús, al ver la fe, va primero a demostrar otro tipo de curación con el paralítico, una sanación más profunda, la que sólo se entiende desde la fe, la que sólo alcanza al corazón y sólo desde el espíritu se puede captar.

Pero viendo la incredulidad del otro público, Jesús pregunta: ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"?

Para nuestra mente pragmática y que busca hechos concretos, es más fácil decir que tus pecados quedan perdonados… es más fácil por que no se ven los efectos de forma inmediata. Puedes decir eso, y no hay pruebas externas fehacientes de que ha pasado en el corazón del perdonado… la persona no saca humo por la nariz, sus vestiduras no cambian de color, las orejas no se le mueven y su cuerpo no se eleva. Pero decirle a un paralítico: “levántate y echa a andar” es muy arriesgado, sería bastante más difícil, puesto que seguida la orden debiera darse el efecto de ponerse a andar… estaríamos todos a la espera de ver cual es la acción seguida del paralítico.

Esto nos habla de que somos hijos de un mundo pragmático en el que nuestra mente sólo cree en lo tangible y visible. Sólo llegamos a creer en lo que vemos, y nos cuesta creer en aquello que no vemos. Ya se lo decía Jesús a Tomás: “dichoso el que cree sin ver”. Somos así, que vamos a hacer… necesitamos de pruebas fehacientes para poder creer en la acción salvífica de Dios. Por eso hemos perdido el valor del sacramento de la reconciliación (confesión de los pecados) por que su acción salvífica se produce en lo más recóndito de nuestro corazón donde no vemos su curación o sanación… O sí!!... o si podemos ver externamente los efectos de la reconciliación del corazón.

Esta historia es real, y como ésta todos hemos oído muchas otras. El papa de una amiga me pide que me acerque al hospital pues su hermano está con cáncer terminal y a punto de morir. Me pide que me acerque, pero me advierte que hace 50 años renegó de su fe y no está abierto a nada de la Iglesia. No ha pedido confesión ni nada… Yo, no corto ni perezoso, acojo el reto. Al llegar a la habitación, me encuentro a un hombre en la cama demacrado y enganchado a tubos y cables. Me mira con cara de desprecio y le mira a su hermano como diciendo que me traes… Me mira de nuevo y me dice: “Yo no he pedido que usted esté aquí”. Yo sonrío y le respondo lo mismo: “Yo tampoco he pedido estar aquí… me lo han pedido”, y miro a su hermano y a la mujer del enfermo. A os dos minutos, el señor que me trae, coge a la mujer del enfermo y dice: nos vamos a tomar un café, estamos agotados, y salen del dormitorio. Me veo con este hombre cara a cara. Cojo una silla me siento delante de él y le pregunto que qué tal está. Me contesta que no quiere confesarse. Yo le respondo que no era mi pretensión (por debajo cruzo los dedos). Empezamos a hablar y poco a poco le hago preguntas y empieza a sacar cosas de su vida… llevábamos 45 minutos cuando empieza a llorar después de hablar de cosas de las que se arrepentía. Finalmente se seca las lágrimas y le digo: si quieres te doy la absolución, todo esto ha sido una confesión. Dios en su amor infinito quiere abrazarte ahora. Me mira y asiente con la cabeza. Le doy la absolución e imploro a Dios su perdón. Este hombre se reincorpora en la cama y me sonríe. Entonces viendo su acogida le digo: “Si quieres te doy la unción de enfermos”, y le expliqué en que consiste.

Al momento entra su hermano acompañado de la mujer del enfermo. Le mira y exclama (textualmente): “Pero hombre! ¿qué te ha pasado? Tienes otra cara, irradias como luz”. Entonces les pedí que me acompañaran en la oración para ungirle con los santos oleos… Oramos juntos, nos cogimos de la mano, rezamos el Padre Nuestro, pedimos por la familia, se dieron la paz con un abrazo profundo… Al cabo de un rato marchaba dando gracias a Dios por este milagro. ¿No son éstos gestos que hablan de una transformación? Un corazón que está sanado por dentro irradia luz y tiene gestos hacia fuera que hablan de que algo nuevo está aconteciendo en el interior. Si que podemos ver externamente los efectos de la reconciliación del corazón.

Volviendo a la pregunta: ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? La respuesta es que para Dios nada hay imposible.