21 mar 2014

I CUARESMA


El Recorrido de los evangelios de la Cuaresma 2011:Las Tentaciones, la Transfiguración, La Samaritana, El ciego de nacimiento y La resurrección de Lázaro. Cinco homilías que tengan un hilo conductor:
- Los dos primeros domingos: vamos a entender la necesidad de la profesión de fe en Cristo Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, según profesamos en el credo de la Iglesia. - Los tres siguientes domingos: una vez profesada nuestra fe en el verdadero Hijo de Dios, el verdadero Salvador, entonces vemos tres encuentros en donde el hombre, cada uno de nosotros, se sitúa en su verdadera necesidad de Cristo. Jesús, hombre y Dios verdadero, viene a liberarnos de las ataduras a los engaños de este mundo y dar la verdadera respuesta a todo hombre: La sed de amor (corazón) de la Samaritana y que todos tenemos; la búsqueda de luz de la verdad (mente) del ciego de nacimiento, y la necesidad de soltar las ataduras (la voluntad) de Lázaro.
Hoy, primer domingo de Cuaresma, tenemos el evangelio de las Tentaciones (Mateo 4, 1-11). Este año, no me voy a detener tanto en desarrollar las tentaciones, sino en el significado de las tentaciones como la expresión de la dimensión humana de Cristo-Jesús.
En el credo de la Iglesia, cada domingo profesamos que Jesús es Cristo, es decir, que fue verdadero hombre y verdadero Dios. El problema en los primeros siglos fue creer que Jesús era el verdadero Dios, pues lo habían visto como hombre. Más tarde, con la distancia del tiempo desde la Encarnación, el problema fue creer que él fuera verdadero hombre, pues Dios no podía limitarse en una humanidad, Dios no podía abajarse en la carne pecadora del hombre.
Hoy vamos a detenernos en la humanidad, y el domingo que viene con la Transfiguración, en su divinidad, las separamos aunque son una inseparable realidad.
Los santos Padres desde la antigüedad ya decían que como gesto de humildad Cristo ocultó su divinidad tras su humanidad. Lo primero que vemos en Jesús es su humanidad, nos cuesta alcanzar a ver su divinidad tras su ser hombre. Pero detrás de la cortina de ser hombre está su identidad divina. Pero en realidad, su "humanidad" sirvió para revelar su "divinidad": su Persona de Verbo-Hijo; no tanto para esconder sino para revelar su identidad de Hijo de Dios.
Vamos a centrarnos en la dimensión humana de Jesús y lo que hoy nos quiere decir a nosotros:
Hoy leemos que Jesús fue llevado al desierto “y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mateo 4, 1-11). Después de esta frase se relatan las tentaciones, y esto nos revela el verdadero signo de su humanidad.
Jesús experimentó el cansancio, el hambre y la sed. Así leemos: "Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre" (Mt 4, 2). Y en otro lugar: "Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente... Llega una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dice: dame de beber" (Jn 4, 6). Jesús tiene, pues, un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría en el madero de la cruz, Jesús pronuncia aquel su "Tengo sed" (Jn 19, 28), en el cual está contenida una última, dolorosa y conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.
Volviendo al relato de las tentaciones: ¿Quién de nosotros no es tentado? La tentación es el signo más creíble de nuestro ser humano, pues pone de relieve la flaqueza y debilidad, en definitiva, nuestra condición humana. Las tentaciones, el cansancio, el desaliento, la flaqueza, los errores… son un capitulo que yo retiraría del libro de mi vida… es algo que muchas veces me cuesta aceptar de mi propia vida. Cuando cometo un error, muchas veces no me lo permito y me hago intolerante conmigo mismo. Cuando experimento al debilidad me hago escrupuloso. Cuando tomo una decisión y no las tengo todas claras le estoy dando vueltas mil veces, ¿lo hice bien o no? ¿era esto o lo otro?... En el fondo me gustaría vivir sin todo esto… en el fondo me gustaría no ser humano… el perfeccionismo que llevamos metidos dentro es un orgullo atroz de falta de aceptación de mi humanidad. Mi orgullo me impide ver mi humanidad, no acepta que pueda cometer errores, o descubrirse mi debilidad.
Dios asume la humanidad en Cristo, Dios acoge la humanidad y con ello nos dice que está muy bien ser hombre, que estamos bien hechos (Gn 3, 16-31 "Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien"). En la humanidad de Cristo descubrimos la belleza de todo un Dios que quiere, asume, y decide que ser hombre es lo más grande.
Jesús fue igual al hombre en todo excepto en el pecado. Ser tentado no es pecar. Una cosa es ceder a la tentación, consentir, y otra es ser tentado. Ser tentado no quita belleza al ser humano, caer en la tentación y consentir el pecado nos conduce a la mediocridad y degradación del ser humano. Pero gracias a Dios, en Cristo se nos ha dado el remedio a la tentación de la mediocridad mediante la oración; sólo desde el acto de rendirse a Dios uno puede salir victorioso de la tentación. La gracia divina, que se adquiere por la oración, fortalece la humanidad. En el relato vemos a Jesús, que frente a la tentación, cita la Palabra de Dios, pone la oración por delante… y ahí en la debilidad de su humanidad, nos demuestra la grandeza del hombre, la victoria sobre la tentación.

Su "humanidad" sirvió para revelar su "divinidad": su Persona de Verbo-Hijo. Esto es a lo que estamos llamados todos nosotros.

22 feb 2014

Domingo VII, REFLEXION Evangelio Semanal

Amad a vuestros enemigos
La llamada al amor siempre es seductora, a todos nos encanta escuchar este tipo de mensaje. Pero para entender bien porque este mensaje de Jesús fue un escándalo, hay que entrar en el contexto socio-histórico. Aviso: La reflexión de hoy es más histórica, trato de iluminar la novedad del mensaje de Jesús. Al final hago una pequeña implicación para todos nosotros.
En los tiempos de Jesús, lo que menos se podían esperar era oír hablar de amor a los enemigos. Viviendo la cruel experiencia de la opresión romana y los abusos de los más poderosos, las palabras de Jesús eran un auténtico escándalo. Solo un loco podía decirles con aquella convicción algo tan absurdo: «Amad a vuestros enemigos; orad por los que os persiguen; perdonad setenta veces siete; a quien os hiere en una mejilla, ofrecedle también la otra». (Mateo 5, 38-48) ¿Qué quería decir Jesús? ¿Vivir sometidos con resignación a los opresores? Este fue un mensaje que no se podía entender fácilmente.
Para el pueblo judío el Dios de Israel es un Dios que conduce la historia imponiendo su justicia de manera por la que se manifiesta su poder feroz y su fuerza severa contra los enemigos. Por ejemplo: ya en el libro del Éxodo se recuerda como nace el pueblo de Israel. El Señor escuchó los gritos de los hebreos e intervino de forma poderosa sacando a su pueblo de la opresión y esclavitud de los egipcios y destruyendo a los enemigos de Israel en el paso por mar rojo.
A lo largo de la historia aprenden a descubrirlo como el Dios verdadero, pues su poder severo contra los enemigos del pueblo elegido era más poderoso que el de los otros dioses paganos. Cuando uno lee la historia de Israel en el A. T. se puede comprobar una y otra vez: Dios protege a su pueblo destruyendo a sus enemigos; y sólo así, bajo la guía protectora de su Dios, pudieron entrar en la tierra prometida.


La crisis llegó cuando el pueblo de Israel se vio sometido a un enemigo más poderoso que ellos; Nabucodonosor, rey de Babilonia, entraba en Jerusalén. ¿Qué podían hacer? ¿Abandonar a Yahvé y adorar a los dioses extranjeros de Asiría y Babilonia? ¿Traicionar a su Dios que les había protegido hasta entonces? [1]
Pronto encontraron la solución: El problema no es Dios, Dios no ha cambiado; son ellos mismos que se han alejado de él desobedeciendo sus mandatos.

Ahora es Yahvé quien dirige su fuerza justiciera sobre su propio pueblo desobediente. Dios sigue siendo grande, pero ahora se sirve de los imperios extranjeros para castigar a su propio pueblo por su pecado.
Más adelante, ellos entendían que su pecado había sido ya expiado con creces. Pasaban los años y el pueblo empezó a pensar que su castigo era excesivo, pues al volver del destierro sufrieron otra nueva invasión de Alejandro Magno y la opresión bajo el Imperio de Roma, que las entendían como una injusticia cruel e inmerecida. Algunos visionarios comenzaron entonces a hablar de una actuación apocalíptica de Dios. Dios intervendrá de nuevo de manera poderosa y violenta para liberar a su pueblo destruyendo a quienes oprimían a Israel y castigando a cuantos rechazaban su Alianza.
En tiempos de Jesús, nadie dudaba de que Dios actuaría en su poder vengador imponiendo su justicia y vengando a su pueblo de sus opresores. Solo se discutía cuándo intervendría, cómo lo haría. Todos esperaban a un Dios que les vengara de la opresión de sus enemigos, un Mesías poderoso y salvador. Si acudimos a los salmos vemos como en muchos se pide la salvación mediante la «destrucción de los enemigos»: «¡Levántate, juez de la tierra, y da su merecido a los
soberbios!».

El clima generado llevaba a odiar a los enemigos de Dios y del pueblo. Odiar a los invasores, a los enemigos del Dios único, era incluso un signo de celo por la justicia de Dios: «Señor, ¿cómo no voy a odiar yo a los que te odian, y despreciar a los que se levantan contra ti? Sí, los odio con odio implacable, los considero mis enemigos».
Por ejemplo, se sabe que los esenios de Qumrán alimentaban este odio. Era una especie de principio fundamental para sus miembros: «Amar todo lo que Dios escoge y odiar todo lo que él rechaza». «Amar a todos los hijos de la luz, y odiar a todos los hijos de las tinieblas».
Jesús comienza a hablar un lenguaje nuevo y sorprendente. Dios no es violento, sino compasivo; ama incluso a sus enemigos; no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse, castigar y controlar la historia por medio de intervenciones destructoras. Dios es grande no por su poder para destruir a sus enemigos, sino porque su compasión es incondicional hacia todos: «Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». No restringe su amor solo hacia los que le son fieles. No reacciona ante los hombres según sea su comportamiento. No responde a la injusticia con injusticia, sino con amor.

Dios es acogedor, compasivo y perdonador. Esta es la experiencia de Jesús.
Por eso, el mensaje de Jesús no sintoniza con las expectativas mesiánicas de Israel que hablan de un Dios belicoso o de un Enviado suyo que destruiría a los enemigos de Israel.
Dios no excluye a nadie de su amor y esto nos ha de atraer a actuar como él.

Así Jesús saca una conclusión irrefutable: «Amad a vuestros enemigos para que seáis dignos de vuestro Padre del cielo». Esta llamada de Jesús tuvo que provocar conmoción, pues los salmos invitaban más bien al odio, y la ley, en su conjunto, orientaba a combatir contra los «enemigos de Dios».


El amor de Dios no discrimina, busca el bien de todos. Jesús contempla ese amor al enemigo como el camino a seguir para parecerse a Dios. Un proceso que exige esfuerzo, pues se necesita aprender a deponer el odio, superar el resentimiento, bendecir y hacer el bien. Jesús habla de «orar» por los enemigos, probablemente como un modo concreto de ir despertando en el corazón el amor a quien cuesta amar. Pero al hablar de amor no está pensando en sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo enemigo, y difícilmente puede despertar en nosotros tales sentimientos. Amar al enemigo es, más bien, pensar en su bien, «hacer» lo que es bueno para él, lo que puede contribuir a que viva mejor y de manera más digna.

Jesús, rompía con la tradición bíblica, los salmos hablaban de venganza, y éstos alimentaban la oración del pueblo; Jesús se opuso al clima general de odio a los enemigos de Israel, contra los opresores romanos; Jesús pregona a todos: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien». El reino de Dios ha de ser el inicio de la destrucción del odio y la enemistad entre sus hijos.
Amar a nuestros enemigos a nosotros nos supone superar la ley de talión,  superar la ley del ojo por ojo (Mt.5,38) por la ley del amor. “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.”
Amar al prójimo exige descubrir en todo hombre lo que hay en él de amable. Sería injusto solo fijarse en lo negativo.
Hace poco me hablaba una madre, y para educar a su hija que siempre venía con quejas sobre todos, como si todos fueran enemigos… la decía: “No vengas sólo diciendo lo negativo de esa persona: “es que la profe…, es que mi amiguita...” antes de decirme lo negativo, piensa algo positivo que tiene esa persona y luego me cuentas las dos”.  Al escucharlo me pareció genial.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué hacéis de extraordinario?



[1] Después de alcanzar la cúspide de su grandeza durante los reinados de David y Salomón, en el siglo X a.C., el antiguo reino de Israel se vio cada vez más a merced de sus poderosos vecinos y de las rencillas internas. Dividida su dinastía real en dos ramas, la del norte y la del sur, los asirios aprovecharon la situación para conquistar el reino septentrional. El del sur, con capital en Jerusalén, trató de mantener su independencia haciendo equilibrios entre Egipto y Babilonia, imperio este último que a finales del siglo VII a.C. parecía decidido a poner bajo su órbita al pequeño estado judío. Finalmente, en el año 597 las tropas del soberano babilonio Nabucodonosor entraban en Jerusalén en castigo por el comportamiento de sus reyes. Unas tres mil personas, pertenecientes a las familias más poderosas del país, fueron deportadas a Babilonia, junto con el mismo rey.

17 feb 2014

Domingo VI, REFLEXION Evangelio Semanal

EL AMOR VA MUCHO MÁS ALLÁ QUE LA LEY
P. Luis J. Tamayo

Lo primero hay que contextualizar el Evangelio de hoy dentro del capítulo 5 de Mateo. Las Bienaventuranzas como el programa de vida de Jesús; “sois Sal y luz del mundo” aquellos que viven según Jesús; y finalmente, el camino del amor: “no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud desde el camino del amor”
También, para entender bien este texto, hay que saber que el escritor del evangelio se dirige a la comunidad judeo-cristiana, comunidad de origen judío que quedaba atrapada en la tradición judía y le costaba descubrir la novedad de Jesús. Por eso la forma literaria es la de la antítesis: “se os ha dicho… yo os digo…”
El judío consideraba la ley, tanto escrita como oral, como la expresión de la voluntad de Dios sobre su pueblo; por ello, ser fiel a la ley era igual que ser fiel a Dios o, al contrario, ser infiel a la ley era considerado como una infidelidad también a Dios. En el cumplimiento de la ley estaba la vida o la muerte como dice el libro del Deuteronomio: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios… guardando sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás” (Deut.30,15-16). (Deut.4,1-8;30,15-20). En algunos casos violar la ley suponía hasta el castigo de pena de muerte (Deut.17,2-7; Lev.20, 9-12). Podemos decir que en el tiempo de Jesús el pueblo de Israel era el pueblo de la ley y su religión la religión de la ley, no la religión del amor.
Se le había dado un valor tan absoluto a la ley, que la ley, hecha para el bien del hombre, se había convertido en una esclavitud y en un yugo para el mismo hombre; por eso, Jesús dice a los fariseos: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc.2,27).
Los fariseos y letrados se preocuparon de observar rigurosamente las leyes, pero descuidaron el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Jesús puso el reto en superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas, para ir más allá de lo que dicen las leyes. Por eso Jesús les decía: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt.15,7)
Si observamos Jesús da un paso hacia delante en la comprensión de la ley. Podemos leer en el Evangelio: ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pues yo os digo...’ La primera parte de esta perícopa narra el conjunto de normas a seguir según la ley y los profetas, que no han de suprimirse, sino perfeccionarse; y en la segunda parte hace una relación de ejemplos prácticos desde el amor a favor de la vida, de la defensa de la mujer y del cumplimiento de nuestros deberes para con Dios. Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del Antiguo Testamento. Ha venido a «dar plenitud», a liberar la vida de los peligros del legalismo y a ensanchar el horizonte del comportamiento humano.
EL AMOR VA MUCHO MÁS ALLÁ QUE LA LEY: a) Para Jesús no es cuestión sólo de no matar físicamente (Mt.5,20); el respeto al otro, el respeto a la vida va mucho más allá; se trata de ser todo corazón con los demás hasta el punto de que ese amor nos llegue a evitar todo cuanto nos lleva a maltratar al otro o pisotear de cualquier manera la vida. El otro, la vida del otro, se merece todo nuestro respeto (Mt.5,21-26).
b) Para Jesús no es cuestión de evitar ser físicamente adúlteros (Mt.5,27-31); es cuestión de tener ojos y corazón limpios que nos lleven a respetar a todo ser humano y no hagamos caer a nadie en el hoyo de la infidelidad al amor porque el amor es sagrado como es sagrada toda persona humana.
c) Para Jesús no se trata de jurar o no jurar (Mt.5,33-37); se trata de tener la valentía de decir siempre la verdad, aunque los demás no nos crean o la verdad nos moleste o les moleste. La verdad no necesita apoyarse en nada ni en nadie para ser verdad, como dice Jesús: “Sea vuestro lenguaje; “Sí, sí”, “no, no” (Mt.5,37).

El filósofo griego Platón dice: “Donde reina el amor, sobran las leyes.” Y San Agustín lo perfecciona diciendo: “ama y haz lo que quieras”… pues tu querer será siempre poner el bien de tu prójimo por encima de uno mismo. Para esto hace falta mucho amor!

11 feb 2014

Domingo V (TO), REFLEXION Evangelio Semanal

Seamos Luz y Sal para este mundo
P. Luis Jose Tamayo

Mateo 5, 13-16: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»
El Señor utiliza dos elementos para definir lo que somos ante Dios: La sal y la luz. Jesús dice: Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Es muy interesante lo que dice, pues no usa el “como” comparativo, sino que nos define así: sal y luz.
Claro si uno mira detenidamente a la sal y a la luz te das cuenta que son dos elementos de la vida diaria que tienen una función específica. La sal tiene su función, la luz también. La luz es esencial para la vida, sin ella todo sería oscuridad y con ella la muerte. La sal desde la antigüedad era un elemento con unas misiones específicas: la sal era usada para salar y condimentar los alimentos, para conservar los alimentos en el tiempo y para curar las heridas.
Jesús nos invita, mediante estos símbolos a descubrir la misión que nos encomienda: Somos luz en medio de un mundo de tinieblas. Somos sal de esta tierra: La sal como condimento que da sabor a la vida, da sentido a las circunstancias que vivimos; cuanta gente vive sin sentido. La sal, como conservador de los alimentos, simboliza incorrupción, preservación y pureza.  La sal era, en estos versículos, un símbolo de que el adorador conservaba un corazón limpio y puro delante del Señor. (El pacto de Sal en el libro del Levítico 2:13 dice: “Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal”). Y, finalmente, la sal que ayuda a curar las heridas, sobre todo las heridas del corazón llevando el amor de Dios a aquellos que más lo necesitan.
Jesús nos pone explica también el efecto contrario: si la sal se vuelve sosa, si la sal no sala, si la sal no ejerce su misión… no sirve más que para tirarla… Jesús aquí es muy duro… Lo mismo con la luz… Si tú eres luz, no es para que estés debajo de un celemín , sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Con ello nos hace ver la urgencia de nuestra misión y labor dentro de la Iglesia y de este mundo.

Lo más grande de nuestra vocación como seguidores de Cristo, es que Él al mirar nuestras vidas las ve con una proyección que va siempre más allá de nosotros… No nos llama sal del barrio, ni luz de la casa, sino que nos proyecta al mundo entero. Sois sal de la tierra… luz del mundo… nuestra pequeña oración, nuestro pequeño sacrificio, nuestra renuncia, nuestro esfuerzo por querer y amar a Jesús, nuestro servicio a los demás, hecho por Jesús tiene una repercusión universal, pues toda nuestra vida se une a la oración y sacrificio de la Iglesia Universal, alcanzando a dar vida y luz a tantos que nosotros no conocemos ni sabemos. Es el misterio del poder de la oración.